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  [CON LOS OJOS ABIERTOS ALZA EL CUELLO]

A Ricardo Defarges

Con los ojos abiertos alza el cuello
para ladrar, y en la espesura vasta
de los campos la voz se ha repetido.
Es la presencia de un ser solo, y algo
se viene a tierra, y es el aire oscuro
quien ha caído en tierra con dolor.

Su gemido no llega a las estrellas
altas, ni a los perdidos trenes, busca
penetrar en las casas. Alguien oye
que la vida se va, y acobardado
late su corazón enfermo. Nadie
vive con él, y escucha. Ya acabada
la cena, se ha asomado al cristal. Mira,
desde sus ojos tristes, el oscuro
mundo de fuera, las estrellas suaves.

Siente que un cálido estertor le sube
y el pecho se le quema, que sus ojos
no adivinan las formas que allí, vivas,
alientan. Él podría, con gran fuerza,
también gritar, salir al campo frío
y liberarse del dolor. Repasa
su mano por el pelo blanco, siente
que el tiempo ha sido duro, su fracaso
lo juzga con templanza, no se agita
su pecho. Y él espera que enmudezca
la voz para subir, quedar dormido.

autógrafo

Francisco Brines


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