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  [NO EXISTÍA LA MUERTE; CUÁNTO ORGULLO]

No existía la muerte; cuánto orgullo
feliz. El salto era atrevido, siempre
cruzó la viva hoguera pastoril,
la que dañaba al monte. En la fuente
del olivar sus piernas eran arco
de aquel secreto curso, la bebía
sin doblar las rodillas, muy gigante.
Y vigilaba el mar, grandes veleros
que apenas navegaban. Tras la playa
defendía a los huertos de la sal,
del miedo de los vientos. Aquel niño
puso color al sol, en los balcones
lo extendía a vivir despacio. Bello,
tanto como un reciente amigo,
más aún, enamorado de sí mismo.

Poco puede la muerte si respira
con voluntad un pecho, tú indolente
rasgabas las estrellas con los ojos
desde un lugar nocturno. ¡Ay, rincones
de la casa, vivía en el laurel,
qué corazón, qué luz, ah puro, puro!

¡Tanto como pudiste...! Qué tareas
te envidiaron los muertos, los que eternos
lloraban su ocasión perdida; rey
de los vivos, todo quedó iniciado.
Pero una aguda piedra te hirió, nadie
se culpa de dañar un fino pecho,
y empezaste a pensar que una conquista
tan sólo era tu vida: la vergüenza
tuviste que vencer, y hacerte digno
de ti. Siempre es indigna la mentira.
A medio hacer la vida se detiene,
queda absorta ante el fuego, dobla el cuerpo
para beber el agua, y es la mar,
qué demasiado bella, y es honesta
la luz del sol, y el viento vigoroso
para un mozo inocente. Ay, más duros
que los ojos los encendidos astros.
Podrías encorvarte, pocos son
los amigos que quedan, y tan joven
que con el pelo sano se enamoran
de tu tristeza las muchachas. Mas
ya la muerte muy poco rompería.

autógrafo

Francisco Brines


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