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        LA ROSA DE LAS NOCHES

Todas las noches de mi vida hasta el alba
sin llegar nunca a nadie,
en ciudades distintas, los ojos en acecho,
son una turbia rosa negra.
Se cumple así la sed que concedo a la carne,
esta difusa espera, que es la fidelidad de mis cansancios,
o el encuentro de alguna luz pequeña que se abate,
tras del furor, en las cansadas sábanas.
Allí donde los cuerpos se nutren de reposo
que no es mortal aún,
en esa hora tan dura
en que la luz es agria, es una ciega rosa blanca.

Todas las noches de mi vida, envejeciendo,
son una infame rosa negra,
son una rosa negra y solitaria,
una encantada y desvalida rosa.

Si volviera a vivir, yo quisiera aspirarla
de nuevo sin piedad,
pues por ella existí, aunque me devorase.

Yo miraba los astros, su hermosura,
y nada aquel espejo reflejó
que a él se asemejase:
sólo la quemadura del vivir,
que aun sin fulgor, yo sé que existe.

Todas las noches de mi vida,
                                  también las que vendrán,
son una iluminada rosa negra,
un secreto esplendor que aún no es ceniza
y nadie puede ver,
y que este ciego roza
lleno de ardor, con sus manos tendidas.

autógrafo

Francisco Brines


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