MÁRMOL

Instalado en el aire de su excelsa belleza
el mancebo vigila el furor enemigo.

La tersa superficie del cuerpo nos revela
el salto de la sangre por las venas henchidas,
el inminente golpe de la piedra que el vuelo
emprenderá cortando el azul impasible.

Ahora calla la tierra. Nada
se mueve —hoja o nube—
en el dorado ámbito del día.

Lo rodea el silencio como al lirio el aroma:
no se atreve a tocarlo la alabanza.

Meira Delmar


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