anterior autor siguiente

        BALADA DE LA GUERRA CIVIL

A Jaime Barrera Parra

Y marchan con tanto alborozo
los mozos que hasta ayer labraban la tierra,
que es preciso preguntar si van a una fiesta.
Pero van a la guerra que ha aparecido violenta como la juventud.

A la guerra.
Con los cabellos al viento marchan.
Y el viento no es sino la prolongación de sus ca-
belleras en turbulencia.
Es un desfile de llamas negras.
Esas y las que se desprenden de los cuellos de los caballos,
van formando el vasto incendio.
Los grupos de caballos
–cuellos y patas, tendidos–
no son sino líneas horizontales que huyen en manchones.

Ala roja, la guerra, cubrió la comarca.

Oíd ahora la vasta sinfonía de los cañones tendidos.
Escuchad la sorda sinfonía perezosa.
Son los pianos bélicos.
Son los elefantes metálicos que combaten.
Cada palabra suya es como un pelotón de banderas lanzadas.
Y los hombres muerden el polvo, entre el estruendo.

Pensad también en las aldeas abandonadas a la noche
mientras los hombres se odian.
Pensad en las aldeas llenas de clamores,
donde hay tantas lámparas y tantas mujeres a la orilla del sueño.
Pensad en las noches.

Las noches de lluvia.
Y cuando el viento y la lluvia danzan desenfadadamente,
—igual que un vagabundo y una cortesana—
sobre los cuerpos de los guerreros,
esas mujeres están solas y están desnudas en sus blancos lechos,
demasiado amplios, entonces.

Ala roja, la guerra, cubrió la comarca.

Allá van, allá van.
Durante los días,
pelotones de nubes de oro se arrastran por la tierra velozmente,
a lo lejos.
Nubes que levantan las cabalgatas,
y que traen copiosas lluvias de sudores de olor acre,
de olor de energía y de mocedad.
Tras las nubes doradas,
otras de color gris se levantan de la tierra,
entre el tronar de las bocas de acero que hablan fuego.
Y llega la tormenta artificial de relámpagos sanguinolentos.
Entonces la bandera no es la roja guacamaya que ondula delante de los escuadrones.
Es un palpitar invisible.
La están tejiendo los gritos y los alaridos de los hombres
y de los clarines vocingleros.
Y sobrecoge la grandiosidad
de los pelotones de nubes grises que chocan a ras de tierra.
Tras ellos viene la lluvia roja, la lluvia de sangre.
La lluvia roja.

Ala ígnea, la guerra, cubrió la comarca.

autógrafo

Aurelio Arturo


subir volver Poemas publicados en revistas   siguiente anterior
aumentar tamaño letra reducir tamaño letra poema aleatorio