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        LA MODA

  Quise más de una vez, en mala hora,
escribir una página, Isidora,
que detener tu vista mereciera.
Desoyome mi Musa. Toda entera
me pasé, te lo juro, esta mañana,
hilando coplas con tenaz porfía.
—Musa, son para el álbum, le decía,
de una joven beldad. —¡Plegaria vana!
No me salió una sola ni mediana.
—Para este bello altar que se atavía
con tanta flor de amena poesía,
entretejer una guirnalda quiero,
digna de la deidad que en él venero.
Es (tú lo sabes) cosa
de obligación forzosa.
Si agradable te fue mi culto un día,
te ruego, te conjuro, te requiero,
amada Musa mía,
que lo muestres ahora; y si ya cesas
de mirarme propicia, este postrero
favor te pido sólo. —¡Ni por ésas!

  Despechado, el papel hice pavesas;
al tintero, la pluma consignaba;
y ofrecerle pensaba,
por único tributo, humilde excusa
la culpa echando a la inocente Musa,
como es costumbre en semejantes casos;
cuando acercarse miro a lentos pasos
una, no sé si diga ninfa, diosa,
aparición, fantasma: caprichosa
forma que cada instante
de color, de semblante,
y de tocados, y de ropas muda:
ora triste, ora alegre, ora sañuda;
ya pálida, ya rubia, ya morena.
Tan presto por el cuello y las espaldas
derrama en ondas de oro la melena;
tan presto, en trenzas de ébano cogida,
adórnala de joyas y guirnaldas;
y tan presto ¡qué horror! encanecida
la lleva; o sin piedad la troncha y tala,
y de prestados rizos hace gala.
Ora el ropaje en anchuroso vuelo
desplega; y va arrastrando luenga falda
verde, azul, carmesí, purpúrea, gualda,
de gasa, de tisú, de terciopelo.
Señala luego en mórbido relieve
su figura gentil basquiña leve.
Sus ojos aprisiona en blanco velo,
pudibunda beata,
que hace de más valor lo que recata.
Y un momento después, traviesa niña,
ríe, retoza, guiña;
no sabe tener quieta
su pupila de fuego;
busca y rehuye luego:
cuanto más melindrosa, más coqueta.

  Suspenso, absorto estaba yo pensando
si era ilusión aquello; y lo estuviera,
sabe Dios hasta cuándo,
si ella misma por fin no me dijera:
—Nadie puede sacarte del empeño
en que te ves, sino mi numen solo.
El arte de agradar yo sola enseño.
Ríete de las Musas y de Apolo.
Si aplaudido un poeta en boga está,
y ante los ojos de las damas brilla,
y con el loro, el gato y la perrilla,
divide los honores del sofá,
débelo todo a mí, que, cuando tomo
esta mágica vara, lo más pobre
hago rico, y trasmuto el oro en cobre.
Sea su entendimiento agudo o romo,
tosco o pulido, vista larga o corta,
ingenio estéril o feraz, no importa,
todo aquel que se viste mi librea,
altivo, ufano, espléndido campea.
Y a más de cuatro orates
coronas di tempranas,
que, a despecho de críticos embates,
durarán (no lo afirmo) tres semanas.
Por no cansarte más, yo soy la Moda.
Oye; y aprenderás mi ciencia toda.
En tres o cuatro prácticas lecciones,
voy a especificar mis opiniones;
y podrás expedirte en el presente
caso, y en los demás, gallardamente.

  —¿Una leyenda o cuento
es a lo que dedicas el intento?
Manos a la labor; o da principio
con gran proemio de elegante ripio;
o si te place, empieza
con esa nonchalance de buen tono,
con ese aire de lánguido abandono
de quien al despertar se despereza,
como si del lector no hicieses caso,
ni de la historia; y cuando paso a paso,
por entre mil rodeos,
ambages y floreos,
llegue al fin el momento de contarla;
y ya el lector dé al diablo tanta charla;
allá como a la octava ciento y cuatro,
mudarás de teatro,
y en una digresión... (importa un pucho
que no tenga que ver poco, ni mucho,
con el sujeto, porque, amigo, hoy día
¿qué es para un escritor de fantasía,
en resumidas cuentas, el sujeto?
Es una percha cómoda, de donde
cuanto en su seno tu cartera esconde;
estudio, ensayo, informe mamotreto,
puedes colgar sin el menor empacho.
Uno de mis pupilos,
excelente muchacho,
ha escrito en diversísimos estilos
composiciones vastas, panteísticas,
escépticas, católicas y místicas,
patrióticas, y báquicas, y eróticas,
miríficas y exóticas;
y se propone hacer una leyenda
en que bonitamente las ensarte
todas, sin que aparezca en nada el arte
(que es lo que más a un genio recomienda),
dando en ella a lectores eruditos,
que tengan razonables apetitos,
una merienda monstruo, una merienda
con variedad de platos estupenda).
Pues, como digo, en una
digresión... (cuanto menos oportuna
mejor); produces de esa
suerte mayor sorpresa,
que es en el arte un mérito sublime,
a que debe aspirar todo el que rime.
Era una transición obra de suma
dificultad para la inhábil pluma
de aquellos escritores desdichados
de los tiempos pasados.
Era, como ponerlos en un potro,
el tener que pasar de un tema a otro,
de modo que el lector inteligente,
con movimiento el más süave y blando,
se hallara, sin saber cómo, ni cuándo,
arrebatado a un mundo diferente.
En esto, como en todo,
los modernos han dado
un paso agigantado.
Hácese de este modo:
¿hay que pasar de un baile, por ejemplo,
a una batalla, de un mesón a un templo,
de una choza a un palacio soberano?
Se pone en medio un número romano.
Por tan sencillo arbitrio, como ése,
al discreto lector, mal que le pese,
en menos de un segundo,
se le dispara a donde tú le mandes,
desde los Pirineos a los Andes,
desde la tierra al Tártaro profundo,
o al bañado de luz coro seráfico,
con más velocidad que va un aviso
por el alambre electro-telegráfico;
y sin que de antemano, o al proviso,
se tome la fatiga
de preparar la cosa;
y gruña cuanto quiera y lo maldiga
el bueno de Martínez de la Rosa;
y hágalo con el clásico areopago.
Pero yo mismo sin pensar divago;
de uno en otro paréntesis, me pierdo.
Lo que quise decir, si bien me acuerdo,
es que la línea recta, cuanto puedas,
evites; tortüosas las veredas
son que prefiere el consumado artista
para el placer del alma o de la vista.
Como sobre un terreno,
de matorrales y malezas lleno,
un raudal serpentino
va abriéndose camino
lenta y difícilmente;
y aquí desaparece de repente
bajo el tupido monte;
y en lejano horizonte,
vuelve a mostrar su clara o turbia onda
para que, a poco trecho,
cuando algunos pantanos haya hecho,
bosque denso otra vez su curso esconda;
no de modo distinto,
aunque el fino lector se desanime,
el sujeto camine,
y por entre el espeso laberinto
de las enmarañadas digresiones,
se hunda, reaparezca, se zabulla
de nuevo, y nuevamente salga y bulla
hasta llegar al fin que te propones.
Mas ora en filosóficos zigzagues
teológicos, políticos, divagues,
o en un rocín aprietes los talones,
lanzándote a remotas excursiones,
o vía recta el argumento vaya,
y la locomotiva,
potencia de no fútil inventiva,
quieras tener a raya,
(lo que, si mis preceptos obedeces,
harás muy pocas veces)
haya sin falta alguna
en tus poemas luna,
que esplendorosa o pálida rïele.
¡Oh de la noche solitaria reina!
¿cuál hay que a ti no apele,
vate, que canas peina,
o que rubio mostacho apenas hila?
Pero tan socorrida como ahora
nunca fuiste. Vigila
todo autor, toda autora
que a veces aúlla o canta, ríe o llora,
porque la bella luz con que plateas
el universo, irradie sus ideas,
desde el que hijo mimado de la fama
ciñe a su frente inmarcesible rama,
hasta el que dice veya por veía
en tosca jerigonza todavía.
No deje, pues, de rïelar la luna,
o en el cristal de límpida laguna
que el aura arrulle y que entre sauces duerma.
o en el follaje oscuro de una yerma
cumbre, recién mojada de rocío,
o en bullicioso río
que al voraz oceano,
en que se abismará, corre anhelante,
¡imagen, ay, del existir humano!

  Un ay de cuando en cuando es importante.
Por lo pronto, hará ver que tienes hecho
de hebras delicadísimas el pecho,
blandas en sumo grado y sensitivas;
y no será preciso que te afanes,
y los sesos que tengas los devanes,
buscando frases nuevas, expresivas
con que secretos íntimos reveles
del corazón. Atente a tus rïeles;
y pon de trecho en trecho uno o dos ayes,
cuando la cuerda del dolor ensayes.

  Tras un cuadro de vívidos colores
en que retrates lúbricos amores,
encaja bellamente una homilía
contra la corrupción social; y luego
que a la ya inaguantable tiranía
de este gobierno jesüita, godo,
que lo Inficiona y lo agangrena todo,
lances una filípica de fuego,
llora la servidumbre de la prensa,
que prohíbe decir lo que se piensa,
y por ninguna hendrija
permite que respire uno siquiera
(sábenlo los lectores demasiado),
útil verdad, de tantas que cobija
en sus profundidades tu mollera;
es el cuadro encantado
que se descubre en más dichosa era.
Leyendo tan espléndida bambolla,
habrá mil que suspiren por el día
en que eches a volar la fantasía
que tu medula cerebral empolla.

  Si el tono blando tomas,
conviene que derrames
profusamente aromas,
y que todas las voces embalsames
de azahares, jazmines y azucenas,
y que de olores la nariz abrumes.
«Sacudir las alillas pueda apenas
el céfiro, agobiadas de perfumes.
Bello concepto, a que echarás el guante,
aunque no faltará tal vez pedante
que a Byron lo atribuya.
¡Necios! ¡cómo si fuera culpa tuya
que, cuando para ti del cielo vino,
Byron lo interceptase en el camino!

  Es de rigor que llores
alguna pobre niña arrebatada
en verdes años ¡ay! a los amores.
Su imagen adorada
de tu memoria un punto no se aparte;
y para más desgracia atormentarte,
y de esas penas aguzar la punta,
dirás que la difunta
era un ángel de amor, era un modelo
de perfección, en que vació natura
toda virtud, y gracia, y hermosura;
divina joya, incomparable perla,
que, para tu regalo y tu consuelo,
quiso envïar expresamente el cielo
a un mundo vil, indigno de tenerla;
y con estos elogios, y otros tales,
conocerán las damas lo que vales,
y el tuyo propio harás sin que te cueste
una sola palabra
que tu modestia en lo menor moleste,
¡Sólo con un diamante otro se labra!

  Tenga abundante acopio
de ensueños tu paleta.
Nada más de mi gusto, ni más propio.
Cual suele de abejillas tropa inquieta
volar entre el tomillo y la violeta,
así acudir se ve legión alada
de ensueños en la silla o la almohada
de todo aquel que el inspirado pecho
a su pupitre arrima,
o se desvela en solitario lecho,
dándole caza a la difícil rima.

  Pero lo que en el día
logra aplauso mayor, es una cosa
que se suele llamar misantropía.
Huye a la selva umbrosa,
o más bien a la selva que desnuda
de su follaje la estación sañuda;
oculta allí el hastío que devora
tu gastada existencia; el negro tinte
que los odios fantásticos colora,
de cada objeto alrededor se pinte.
Huye a donde jamás hiera tu oído
el eco envenenado, aborrecido,
de humana voz; allí donde la roca
amortaja de nieves su cabeza
titánica; o allí donde bosteza
de apagado volcán lóbrega boca.
¿Ves cómo ya el postrero
rayo del sol expira en el otero,
y al entreabrirse cárdenos nublados,
de tempestad preñados,
lámpara sepulcral arde el lucero
sobre la tierra que la sombra enluta?
Huye al amigo seno de la gruta.
Medita allí, cavila;
y de tu pecho el negro humor destila
sobre todos los seres gota a gota;
y llama al mundo en que naciste, infierno,
de que fue a Lucifer dado el gobierno
para jugar con él a la pelota,
y con este menguado, pobre, triste,
infinitesimal átomo humano,
discorde unión de espíritu y materia,
que monarca se cree de cuanto existe,
porque le cupo el privilegio vano
de conocer él mismo su miseria.
Todo allí muerte, esplín, hondo fastidio,
no el que con el champaña se disipa,
o con el humo de cigarro o pipa,
sino el que pensamientos de suicidio
engendra; y logren sólo distraerte
impresiones de horror, de duelo y, muerte.
O el ronco trueno música te sea,
y de encontrados vientos la pelea,
y de natura atormentada el grito
cuando sobre sus bases de granito
el bosque secular se bambolea;
o el esquilón distante
que llora la agonía
del moribundo día,
aunque de plagio se te queje el Dante;
o del buho el fatídico graznido,
que por la soledad pavor derrama:
o el gemir de la tórtola que llama,
y llama sin cesar... y llama en vano,
en el desierto nido,
al esposo querido,
que presa fue de cazador villano.

  Pero no es bien que mucho te demores
en silvestres y rústicas escenas,
que huelen a la edad de los pastores,
cuando andaban Belardos y Filenas
cantando a las orillas de los ríos
insulsos inocentes amoríos.
¿Inocencias ahora? Nada de eso
en un siglo de luz y de progreso.
Loca algazara aturda
en infernal zahurda,
do el adusto Timón, medio beodo,
haga de todo befa, insulte a todo;
y brillen entre copas las espadas,
y se mate, y se ría a carcajadas;
y retumbe en satánicos cantares
audaz blasfemia, horrífica, inaudita,
que es para ejercitados paladares
una salsa exquisita.

  Mucho más dijo la parlera Diosa,
sin que de tanto embrollo
de lindos disparates, otra cosa
engendrarse pudiera en mi meollo,
que confusión, y vértigo, y mareo.
En el estado que me vi, me veo;
impotente la voz, el alma seca,
y por añadidura, una jaqueca.
Pero, para decir, bella Isidora,
que eres un ángel que la tierra adora,
que sabes ser honesta y ser amable,
¿ha de ser necesario que me empeñe
por selvas y por riscos, que me ensueñe,
que me arome, y por último, me endiable?
Antes seguro estoy de que sería
imperdonable insulto
el ofrecerte semejante culto.
Si ya no soy ni aquello que solía,
pues de la frente que la edad despoja,
huye, como el amor, la poesía,
puedo hablar a lo menos el lenguaje
de la verdad, que, ni al pudor sonroja,
tu hacer procura a la razón ultraje.
Aunque de la divina lumbre, aquella
que al genio vivifica, una centella
en mi verso no luzca, ni lo esmalte
rica facundia, y todo en fin le falte
cuanto en la poesía al gusto halaga,
lo compone benigna una alma bella
que de lo ingenuo y lo veraz se paga.

autógrafo

Andrés Bello


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Incluido en Poesías Andrés Bello; prólogo de Fernando Paz Castillo, en www.cervantesvirtual.com