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      CANTO X

      AGRICÁN

Pensando en la virtud maravillosa
de esta agua del Olvido he estado un rato,
y acá me la comparo a cierta cosa
que llamar suele el vulgo iliterato
gracia, donaire, estrella venturosa,
metafóricamente garabato,
a que no hay prenda que en el mundo iguale,
pues que por todas juntas ésta vale.

  No hay honra ni favor que no consiga
el que con esta prenda solicite,
mientras sin ella la virtud mendiga,
y no se estima el mérito un ardite.
De perlas es lo que un petate diga,
como con este almíbar lo confite;
y ¿qué es sin ella el sabio? un estafermo,
nacido para el claustro o para el yermo.

  Esta gracia es la copa que contiene
el brebaje que a todos enamora.
¡Oh bienaventurado el que la tiene!
Bien puede hacerse cuenta que atesora
lo que más acá bajo le conviene,
pues como universal reina y señora
domina voluntades y opiniones
a pesar de Epictetos y Catones.

  El no dejar que pase por el puente
quien el licor no bebe de la taza,
quiere decir la tema de la gente,
que al que sin artificio ni añagaza
medrar presume, no se lo consiente
en ninguna manera; que en la plaza
del mundo es disparate y desatino
la razón, y la alquimia es oro fino.

  Y aquel total olvido significa
la veleidad, que humanas leyes quiebra,
y en lo vedado solamente pica,
y lo que ve flamante, eso celebra.
Lo demás, lector mío, ello se explica.
Cumple ahora anudar la rota hebra
de mi discurso; y vuelvo al punto donde
en pos de Astolfo iba corriendo el Conde.

  Mas cánsase sin fruto, que Bayardo
echando treinta millas va por hora.
Corría y más corría el del Leopardo,
llevando siempre el rostro hacia la aurora.
Figúrase el mal rato que el gallardo
Brandimarte estará pasando ahora,
y dejar en aquel tan inminente
riesgo al amigo, en gran manera siente.

  Pero no gusta de tener camorra
con aquella terrible Durindana,
que zumbándole está, por más que corra,
en los oídos, aunque asaz lejana.
Tampoco Orlando el aguijar ahorra;
mas con Astolfo su fatiga es vana.
Dándole a Satanás, la grupa vuelve
y al mágico jardín tornar resuelve.

  Donde no cesa aun la zurribanda,
pues Brandimarte arroja de la silla
a Aquilante y Grifón; y al suelo manda
a Clarïón, hundida una costilla.
Pero asaltado de una y otra banda,
resistir largo tiempo a la cuadrilla
difícil es, por más que sude y bregue;
pues ¿qué será cuando el de Anglante llegue?

  Flordelís, la discreta dama y bella
que con el joven Brandimarte vino,
el insistir en la demanda aquella
tiene por un solemne desatino.
Por entre los corceles atropella;
y levantando el brazo alabastrino,
con lagrimosa súplica intercede
para que la cuestión suspensa quede.

  Ruega a su amante que la taza admita
y el perder la memoria no le pese,
que ella a sacarle de tamaña cuita
sin duda tornará, si bien supiese
a manos perecer de la maldita
encantadora. Aquesto dicho, fuese;
y atravesando un matorral sombrío,
pasa otra vez el hechizado río.

  La desigual batalla fenecida,
a Brandimarte de la mano lleva
la cautelosa maga, y le convida
con el licor; el caballero prueba,
y cuanto supo en el momento olvida;
nuevo ser, nueva vida, llama nueva
abriga, y se disipa por el viento
del dulce amor primero el pensamiento.

  ¡Rara bebida cierto y peregrino
encanto, que la mente así trasporta!
Aquel amor tan acendrado y fino,
aquella Flordelís, nada le importa;
no valen a sus ojos un comino
la gloria y el honor; el alma absorta
en Dragontina, la beldad amada,
es todo para él, y el resto, nada.

  Llega en esto anhelante y presuroso
Orlando, y a los pies de Dragontina
arrodillado en acto vergonzoso,
hasta la tierra la cabeza inclina,
rogando le perdone si dichoso
no fue bastante para darle dina
satisfacción del bárbaro enemigo
que con la fuga redimió el castigo.

  El cual, aún no cobrado del asombro
(pues se figura que le sigue Orlando),
sin tino, sobre cerca y sobre escombro
salta, y a su corcel espoleando
corre, la barba siempre sobre el hombro;
y dejara el correr Dios sabe cuándo,
si no llegase a donde un anchuroso
campo ejército alberga numeroso.

  La ocasión preguntó de lo que vía,
y un heraldo le dice: «La bandera
del potente Agricán de Tartaría
es aquella negrísima primera,
que en perlas y oro y varia pedrería
por una y otra parte reverbera,
y tiene por divisa la figura
de un lozano bridón de plata pura.

  «Aquella azul del cándido elefante,
es del rey de Mongolia, Sartinero,
y la del oso negro en el flotante
hielo es la bien conocida del guerrero
Radamanto, ridículo gigante,
y no menos que estúpido, altanero,
que habitador de la hiperbórea zona
la nación mosca rige y la lapona.

  »El estandarte verde a lunas de oro
es del señor de Hircania, Poliferno,
que potente en estados y en tesoro,
tiene de rudas tribus el gobierno;
a quien sigue el valiente Lurcanoro,
que en desnuda región de hielo eterno
rige a una raza audaz que el mar frecuenta
y en leve esquife arrostra la tormenta.

  »Más allá Santaría, rey de Suecia,
y como media milla más distante
acampa el corpulento, que se precia
de mentidas proezas, ruso Argante.
La gentuza cosaca, que desprecia
cerrados muros por vivir errante
en movedizas tiendas, luego aloja,
enarbolando aquella enseña roja,

  »Y tiene por divisa un arco y flecha,
y por su jefe al bárbaro Brontino;
a quien, tomando un poco a la derecha,
el godo Pendragón está vecino.
Estas naciones, de las cuales hecha
te dejo relación, van en camino
con el Kan de Tartaria, que da leyes
a todas, y se llama rey de reyes.

  »El cual a Galafrón hace la guerra,
que es del Catay emperador anciano;
y jura exterminarle de la tierra,
si no le da de Angélica la mano,
su hija; y si la voz común no yerra,
hermosa sin igual; mas el liviano
capricho suyo y loca ligereza
dicen que aun sobrepuja a su belleza.

  »Al Tártaro detesta y aborrece,
que es capaz, por su amor, de dar la vida,
y señora del Asia hacerla ofrece;
mientras por un pelón anda perdida
que descalzar a esotro no merece,
y de su amor ni su beldad se cuida;
con ella los consejos del anciano,
las lágrimas, los ruegos, todo es vano.

  »Galafrón, de quien hoy ha recibido
una embajada el Kan de Tartaría,
le protesta que parte no ha tenido
en la desatentada rebeldía
de la joven princesa, que se ha ido
del hogar patrio, y doblemente impía
contra su padre y rey, desde la Albraca
los pueblos le revuelve y le sonsaca.

  »Así que, reputando insuficiente
el desdeñado Rey todo otro medio,
mete a saco la tierra, y con ingente
fuerza a la Albraca va a poner asedio.
Ello es que la Princesa inobediente
ha de aceptar el novio sin remedio;
y lo que hará mañana, aunque no quiera,
querer hacerlo ahora, cuerdo fuera».

  El duque Astolfo, que el motivo sabe
de la inminente lucha estrepitosa,
y ve en conflicto tan dudoso y grave
a una mujer que un rey soberbio acosa,
ayudarle resuelve en cuanto cabe,
y hasta entrar en la Albraca no reposa;
do llegado, con grande regocijo
abrazándole Angélica le dijo:

  «Tan bien venido seas, caro amigo,
como eras deseado ansiosamente.
¡Así mirara yo llegar contigo
al paladín Reinaldos, tu pariente;
y siquiera trajese el enemigo
cuatro veces más armas y más gente!
Que de sus amenazas, a fe mía,
poquísimo cuidado me daría».

  «Que sea», dice Astolfo, «un extremado
caballero mi primo, te concedo;
mas tú también confesarás de grado
que en eso del valor yo no le cedo.
Ya nos habemos él y yo probado,
y sin jactancia asegurarte puedo
que, si no le tocó peor destino,
al yelmo se lo debe de Mambrino.

  »Ni que el valor de Orlando exceda al mío
estimes tú, por cuanto el mundo diga;
pues con el cuerpo hadado, di, ¿qué brío,
qué gracia es que trïunfos mil consiga?
Encántame la piel, y yo te fío
que por el diablo no daré una higa;
mas aun así, princesa soberana,
harto le hice sudar la otra mañana».

  Ella, que ya conoce aquel cerbelo,
charlar le deja a su sabor gran rato,
si bien le pesa oír que bajo el cielo
se iguale nadie a su adorado ingrato,
y el ponerse con él en paralelo
Astolfo, le parece desacato;
que en la corte de Carlos bien sabida
tuvo de todos ellos la medida.

  Aloja en lo más alto de la Roca
con grande honor el Duque y gran contento.
Otro día un tambor al arma toca,
y de marcial clamor se llena el viento.
La palabra echa apenas de la boca
según lo que jadea polvoriento,
un corredor, que aproximarse avisa
el tártaro Agricano a toda prisa.

  Toda la guarnición las armas pide,
que es de tres mil o pocos más guerreros;
y júntanse a consejo, que preside
el animoso inglés, los caballeros;
donde concordemente se decide
los puños apretar y los aceros,
y en ninguna manera dar oídos
a capitulaciones ni a partidos.
Que estando, como estaba, proveída
la Roca de forraje y vitüalla,
y de tres mil guerreros guarnecida,
fuérales mal contado abandonalla.
«Yo no he de estarme aquí toda la vida;
dejadme, Astolfo dice, ir a batalla.
Darele a ese Agricán en la cabeza,
si Dios me ayuda, un golpe que le escueza».

  Astolfo sale en aire de amenaza,
cosas diciendo horribles y estupendas;
la lanza enristra y el escudo embraza,
y al brïoso corcel soltó las riendas.
Estaban los contornos de la plaza
de gentes enjambrados y de tiendas;
no en la selva más hojas aura leve,
que allí pendones y penachos, mueve.

  Miles manda Agricán diez veces ciento
(escríbelo, Turpín; no es paparrucha),
y Astolfo ríe de todo este armamento,
y hace reír a todo el que le escucha.
Mas el que mucho parla, mucho viento
(dice el proverbio), y poco pan embucha;
y otro antiguo refrán, si bien me acuerdo,
dice que el loco por la pena es cuerdo.

  Descabalgado Astolfo fue aquel día,
y aprendió discreción para adelante.
A toda charla el Duque se venía:
«Salga ese Poliferno y ese Argante
(diciendo) y Lurcanoro y Santaría
y Radamanto, ese feroz gigante;
pero salga Agricán primeramente,
y, si tiene valor, hágase al frente».

  Viendo venir un solo caballero,
creen que para rendirle otro es bastante.
Con desdeñoso gesto y altanero
toma esta empresa a cargo suyo Argante;
que, estólido además, feroz, grosero,
tiene casi estatura de gigante,
la nariz chata, ensangrentado el ojo,
vedijuda la cara, el pelo rojo.

  Con el inglés cerró soberbiamente,
y es derribado por la lanza de oro.
Atónita quedó toda la gente.
Cayó también el bravo Lurcanoro;
cayó Brontino. Entonces insolente
estalla el populacho, y se alza un coro
diabólico gritando: «¡Rayo! ¡Fuego!
¡Muera el perro cristiano! ¡Muera luego!»

  De la otra parte intrépido y seguro,
a toda aquella chusma Astolfo espera;
no más incontrastable en tierra un muro,
en la mar un escollo, pareciera.
Roba al cielo la luz el polvo oscuro
que con los pies la turba vocinglera,
arremetiendo al paladín, levanta.
Radamanto a los otros se adelanta

  y le pisa las huellas Sartinero,
con Agricano y Pendragón, rey godo.
Fue Radamanto, al embestir, primero,
y embistió del mejor posible modo;
ni el ser gigante le valió un dinero,
que fue rodando con caballo y todo.
Pero mientras que Astolfo en él se ocupa,
le viene Sartinero por la grupa.

  Sin el menor escrúpulo el villano
le da un golpe terrible tras la oreja,
y al mismo tiempo el tártaro Agricano
otro golpe le da sobre una ceja.
En esto viene Pendragón tirano,
y la cuestión finalizada deja
otro tercero dándole en el pecho,
que del caballo le arrojó gran trecho.

  Bañado en sangre el paladín desciende,
dando de aliento y vida muestra escasa;
y mientras ni el cuitado se defiende,
ni se mueve, ni sabe qué le pasa,
desmonta Pendragón, le agarra y prende,
y prisionero se le lleva a casa.
Mas con mejor aviso obró Agricano;
dejando al Duque, echó al corcel la mano.

  No sé decir si porque su primero
dueño le falta, o porque hallarse entienda
en extraña región, solo y señero,
sufre Bayardo que Agricán le prenda;
lo cierto es que, cual tímido cordero,
consiente que le lleven de la rienda,
quedando el rey en gran manera ufano
al verse dueño del bridón lozano.

  Sin armadura Astolfo y sin sentido
es al Real de Pendragón llevado,
donde manda Agricán que socorrido
al punto sea, y cual merece, honrado.
En extremo le pesa que haya sido
fea y villanamente derribado,
y que, bastando con su lanza, hubiera
otra que en esta lid se entrometiera.

  Mas estorbarlo el noble rey no pudo;
tan grande el torbellino bullanguero
del populacho fue salvaje y rudo
que en torno se agolpó del caballero.
Sangriento el Duque y lívido y desnudo,
y difunto más bien que prisionero,
sin arnés y corcel y espada y lanza,
ni aun a sentir su desventura alcanza.

  Pues preso Astolfo, y el corcel perdido,
y el rico arnés y bella lanza hadada,
guerrero no quedó tan atrevido
que saliese de Albraca en algarada.
La vista tienden sobre el ancho egido,
la puente levadiza levantada;
todo está en orden tal, que a las almenas
pudiera un ave remontarse apenas.

  En tanto el circasiano Sacripante
su poderosa hueste al campo saca;
de la princesa del Catay amante,
vuela animoso a defender la Albraca;
asaltar piensa al Tártaro arrogante
entre el silencio de la noche opaca,
y con los siete reyes que acaudilla
está ya de la plaza a media milla.

  Es el primero un príncipe cristiano
(bien que la Fe su pura luz le esconda),
de la Alta Armenia el joven rey Varano,
que manda diestra gente a espada y honda;
Brunaldo se le sigue, que entrecano
tiene el cabello, y reina en Trapisonda;
y Torindo, detrás, la de Turquía,
y la de Media Savaronio guía.

  Tras éste marcha Unano, rey bitino,
de gran cabeza, aunque de cuerpo chico,
y Burdacón, gigante damasquino,
de averrugada cara y luengo hocico,
y el rey de Babilonia, Trufaldino,
patiestevado, feo como un mico,
de torcido mirar, falso, bellaco,
cobarde insigne, y más ladrón que Caco.

  De cinco o seis centenas de millares
era todo el poder de Circasía;
y a la hora en que llaman los cantares
del gallo velador al nuevo día,
avistaba los altos valladares
de la empinada Albraca, y se venía
con ordenada marcha y sordo paso
sobre el tártaro ejército el Circaso.

  Sus gentes en silencio trae Varano.
Suya la acometida fue primera.
Orden les da que sienten bien la mano;
a nadie cojan, todo el mundo muera.
Cayeron sobre el campo de Agricano,
como de lobos tropa carnicera
sobre indefensa grey; espesa nube
de polvo vuela; el grito al cielo sube.

  Los ayes de la gente, que del blando
sueño pasa en un punto a muerte horrenda,
y el espantoso estrépito, volando
de fila en fila van, de tienda en tienda.
Uno las armas arrebata, cuando
otro a los pies turbado se encomienda;
cuál va acá, cuál va allá, cuál se está quedo;
vense a un tiempo ira, horror, coraje, miedo.

  ¡Quién de la arremetida carnicera,
quién de tantas heridas, golpes, tiros,
una décima parte aquí supiera,
o sólo una milésima deciros!
¡Quién de las varias muertes la manera
entre la parda sombra, referiros,
tanto cadáver trunco, y tanta Cota
acribillada, y tanta lanza rota!

  De Armenios está henchido el campamento;
y bajo el filo de enemiga espada
los Tártaros perecen ciento a ciento,
sin que el pedir cuartel sirva de nada.
Con dolorido dísono lamento
huye la pobre gente desbandada;
y en esto llega el rey de Trapisonda
esparciendo terror a la redonda.

  Si antes era tan grande la matanza,
llegando estotro ahora ¿cuál sería?
Alfanje, hacha, segur, espada, lanza,
hacen a cual mayor carnicería;
ni de salud la fuga da esperanza;
todo cerrado está; que al mediodía
carga el turco Torindo hecho un demonio,
al este Unano, al norte Savaronio.

  Con los otros dos reyes el Circaso,
aunque la sangre de furor le hierva,
para atender a lo que pida el caso,
queda formando un cuerpo de reserva.
Agricán, que atajarles quiere el paso,
acá y allá, do más reñida observa
y revuelta la lid, y en más aprieto
los suyos juzga estar, va y viene inquieto.

  Bien era de Agricán casi doblada
la gente; mas el no pensado asalto
(que el número en la guerra es poco o nada,
si de consejo y disciplina falto)
atónita la tiene y azorada;
nadie obedece; todos hablan alto;
es una babilonia el campamento;
por un golpe que dan reciben ciento.

  En voz alta Agricán y amenazante
a cada jefe por su nombre llama:
«¡Poliferno!, gritó, ¡Brontino! ¡Argante!
¿así volvéis, traidores, por mi fama?
¿Qué aguarda Radamanto, ese gigante?
Apuesto a que el bribón se está en la cama.
De usar es tiempo ahora el brazo fuerte.
Barones, ¡a la lid! ¡venganza o muerte!»

  Mientras ellos le siguen, él, blandiendo
su lanzón, en Bayardo se adelanta;
las huestes va con el caballo abriendo;
los unos postra, a los demás espanta;
a Varano da un bote tan tremendo,
que el escudo y el peto le quebranta;
hiende, cercena, despedaza, hunde,
y a los suyos su ejemplo aliento infunde.

  Brunaldo del caballo es derribado
por Poliferno; el corpulento Argante
a Savaronio le pinchó un costado;
y Radamanto, viendo a Unán delante,
de sangre al suelo le arrojó bañado.
Ello es que teme casi Sacripante
desbaratada ver toda su gente,
si no la acorre él mismo prontamente.

  Por donde más trabado vio el combate,
metió el corcel y enderezó la lanza.
A Poliferno, rey de Hircania, abate,
y al godo Pendragón punzó la panza.
Hincando a su caballo el acicate
Argante, receloso de igual chanza,
bonitamente a otro lugar se muda.
La espada Sacripante alzó desnuda;

  y cual suele a la grama en la pradera
bramando en rauda ráfaga el Solano,
tal Sacripante hilera sobre hilera
postra, y cubierto dellas deja el llano.
Entonces sí que fue el hüir de veras
delante del sañudo Circasiano;
despavoridos van por monte y valle
los tártaros, abriéndole ancha calle.

  Agricán, que a este tiempo, entretenido
en paraje se hallaba algo remoto,
vio (pues ya el sol rayaba en el ejido)
su pueblo acá y allá disperso y roto;
torva la vista, el rostro excandecido,
corre a donde es mayor el alboroto;
amigos y enemigos atropella;
cuanto topa derriba, allana, huella.

  Cual se ve en la estación de hibierno ingrata
bajar de un alto monte hinchado un río,
que árboles, setos, chozas arrebata,
lo culto asemejando a lo baldío,
tal Agricán las huestes desbarata
Pero una bella hazaña al canto mío
se ofrece, y renovar las cuerdas debo
de mi laúd para el asunto nuevo.

autógrafo

Andrés Bello


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Incluido en Poesías Andrés Bello; prólogo de Fernando Paz Castillo, en www.cervantesvirtual.com