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      CANTO IV

      EL PROSCRITO

«I woke. —Where was I? —Do I see
a human face look down on me?
And doth a roof above me close?
Do these limbs on a couch repose?
Is this a chamber where I lie?
And is it mortal yon bright eye,
that watches me with sentle glance?
  I closed my own again once more,
as doubtful that the former trance
  could not as yet be o'er.
A slender girl, long-hair'd, and tall,
sate watching by the cottage wall;
the sparkle of her eye I caught,
even with my first return of thought;
for ever and anon she threw
  a prying, prying glance on me
with her black eyes so wild and free:
I gazed, and gazed, until I knew
  no vision it could be, —
but that I lived, and was released
from adding to the vultures feast».

(Byron)

  El día en los tejados centellea,
y ya la Isabelita al campo baja;
el aura que los árboles orea
húmedos de rocío la agasaja;
y el velo de sutil cendal ondea,
que del sombrero rústico de paja
cuelga; débil defensa al aire crudo,
al sol, al polvo, al punzador zancudo.

  Un vestido de blanca muselina
lleva, con franjas negras en la falda,
un cinto negro y negra mantellina,
que le cobija la nevada espalda;
y en la diestra, una bolsa de extrafina
sarga, do al catecismo de Ripalda
acompaña el salterio en castellano,
y un pañuelo bordado de su mano.

  Lleva también allí plata menuda,
que suele repartir de choza en choza;
donde el huérfano vive o la vïuda,
o el infeliz que de la luz no goza,
o la indigente madre, a quien, desnuda,
tierna familia en derredor retoza,
o el que, fingiendo mano o pierna gafa,
a la sencilla caridad estafa.

  Iba por los senderos caminando
de la chacra, a sus ojos un imperio
de que ella es reina ahora; suspirando
recuerda alguna vez el cautiverio
que la amenaza; lee de cuando en cuando
una página o dos en el salterio;
pero hay un pensamiento, hay una idea
que a las demás apaga y señorea.

  «¡Aquel proscrito! ¿Quién será? Pariente
sin duda del señor don Agapito.
¿Quién otro pudo entrar tan libremente?
¿Quién alojarse aquí? Mas ¿qué delito
el suyo puede ser, que de la gente
se oculta así? ¡Tan joven! ¿Y proscrito?
¿Y si le viera alguno o le prendiera,
y yo ocasión a su desgracia diera?

  »Una madre, una esposa lloraría
por mi causa... ¡Gran Dios! ¡Qué triste idea!
Pero ha escapado. Le amanece el día
lejos, muy lejos. Y que en una aldea
favor le falte, ayuda y simpatía
no seré yo tan simple que lo crea.
¿Quién le tuvo el caballo tan a mano?
Forzoso es que haya en esto algún arcano».

  Silogizando así la niña hermosa
anda, sin sospechar que silogiza
(como monsieur Jourdain hablaba prosa),
cuando de un rancho o seto que tapiza
florida enredadera, entre frondosa
estancia de frutales y hortaliza,
apresurado sale un inquilino,
que viene a detenerla en el camino.

  Everaldo se llama; justamente
aquel que al perro extraño, como dije,
echó mano la noche precedente;
y estas dolientes voces le dirige
con aire misterioso: «Un accidente
fatal, una desgracia que me aflige
sobre manera..» «¡Acaba! ¿qué hay de nuevo?»
«¡Ah, señorita! casi no me atrevo

  »A referirlo a su merced... ¡Qué nueva
para el pobre patrón!» «¿Qué ha sucedido?»
¡Cómo lo va a sentir! Es una prueba
terrible... Desangrado, mal herido...»
«¿Quién?» «Y no me permite que me mueva
a dar noticia a nadie... Y sin sentido
está ya». «¿Pero ¿quién?» «El señorito,
sobrino del señor don Agapito».

  Como estatua quedó de inmóvil hielo
Isabel con el susto, y sólo exclama:
«Virgen sagrada, a tu socorro apelo»;
mas recobrada luego: «Corre, llama
Pero no llames... Voy a verle... El cielo
me dé valor». Entrando, va a la cama,
y en ella ve un objeto que la llena
de inexplicable turbación y pena.

  El mancebo yacía sobre un lecho
de pellones. Dormido se diría,
si aquel semblante pálido, deshecho,
y los lánguidos párpados que abría,
como para buscar la luz, y el pecho
que alza y baja en difícil agonía,
y una cárdena sien que sangre vierte
no anunciara el desmayo de la muerte.

  ¡Y qué inmatura! Errar no pienso un año
si dos o tres le añado a la veintena.
Cuerpo gentil, de regular tamaño;
cándido el pecho, si la faz morena;
cabello crespo y de color castaño;
facciones lindas, expresión serena
en el dolor; como el cincel exprime
alado genio que en la tumba gime.

  Herido está de dos o tres sablazos
(a más de aquella herida de la frente)
en el desnudo pecho y en los brazos;
y de la sangre obstruye la corriente
la banda y la camisa hechas pedazos;
vendajes puestos ruda y toscamente
por Everaldo, en que se estanca apenas
el rojo humor de las abiertas venas.

  Sírvele de almohada una armadura
de silla de montar que le lastima,
aunque se la hace un poco menos dura
el lanudo vellón que tiene encima.
Cerca la daga está; la empuñadura
ensangrentada toda, que da grima.
Lleva sobre el calzón bota de campo,
y echado está a los pies su fiel Melampo.

  Lo que pasa en el alma de Isabela
no sé decir: enajenada, absorta
parece en el semblante, y como lela.
Pero esta suspensión ha sido corta.
Al pañizuelo de la bolsa apela;
saca las tijerillas y lo corta
en pedazos, y en parte lo deshila,
para atajar la sangre que destila.

  Descubre cada herida con su fino
y delicado tiento; en ellas fija
una porción del deshilado lino;
luego con los pedazos las cobija
del pañizuelo; luego el purpurino
rastro de sangre con la más prolija
atención limpia, lava; y a Everaldo
preparar manda prontamente un caldo.

  Un caldo es mal sonante en poesía;
pero la exactitud es lo primero.
Suena mejor sin duda la ambrosía;
mas no se encuentra con ningún dinero.
Ría la sombra de Hermosilla, ría;
llámeme chabacano y chapucero;
veraz historia escribo; soy heraldo
de la verdad. Volvamos, pues, al caldo.

  El caldo estaba pronto. Una escudilla
en que servirlo se echa sólo menos,
cosa que se hallará por maravilla
en ranchos perüanos o chilenos,
mas a falta de ajuar y de vajilla
fraternalmente acude a los ajenos
el que los necesita; caso extraño
que no ocurre dos veces en el año.

  A buscar, pues, un plato y una taza
y una cuchara sale el inquilino,
y al mismo tiempo es fuerza se dé traza
de que no sepa amigo ni vecino
para qué son. A su salida enlaza
la puerta, que es el modo campesino
de echarle llave; y mientras tanto vela
al herido la joven Isabela.

  No estaba el rancho enteramente oscuro:
la luz del sol por cien troneras brilla
del techo humilde y del informe muro,
de secas ramas fábrica sencilla.
No hay más asiento allí que el suelo puro.
Isabel, fatigada, se arrodilla
junto a la pobre cama, y de hito en hito
mira el pálido rostro del proscrito.

  Inocente y piadosa, no le ocurre
que la modestia femenil condene
su tierna compasión; antes discurre
que ella la culpa en cierto modo tiene
de la desgracia, y que en pecado incurre,
y a la naturaleza contraviene,
no socorriendo a un pobre moribundo,
que no tiene otro amparo en este mundo.

  Sabe ya que es un hombre a quien persigue
inexorable la venganza humana;
que no hay hogar paterno a que se abrigue;
ni que a la misma caridad cristiana
puede invocar, temiendo la castigue
como delito una opresión tirana;
¿y en trance tal desapiadada, impía
a un infeliz desamparar podría?

  Mientras esto pensaba, atenta mira
aquella helada cara, helada y bella;
y cada vez que el mísero suspira,
compasiva también suspira ella.
Ni es sólo compasión lo que le inspira;
un afecto más tierno con aquella
piedad se mezcla ya; por él implora
con ruego ardiente al cielo; Isabel llora.

  Y semeja a la súplica devota
el cielo dar oído el ángel santo
de la piedad enjuga aquella gota
de compasivo y amoroso llanto.
Ya en el mancebo una expresión se nota
de alivio y calma; no suspira tanto;
cesa el sudor de aquella yerta frente;
parece adormecerse dulcemente.

  Estaba en una incómoda postura;
el vellón que le sirve de almohada
ha rodado; y lastima la montura
aquella hermosa frente desmayada.
Isabel vaciló; mas ¿qué aventura
con uno que no ve ni siente nada?
«Es fuerza, dice, ¡tarda tanto el guazo!»
Y reclinada sobre el lecho, un brazo

  Cuan suavemente puede pone bajo
la cerviz del mancebo; la cabeza
le solevanta con algún trabajo,
y la dura almohada le adereza;
mas, o la conmoción o el agasajo,
o ya del velo de Isabel, que empieza
por el pecho a pasarle y por la cara,
la extraña sensación, le despertara;

  abrió los ojos él, y sorprendido,
en mirar aquel ángel se embelesa;
ella se tiñe de un color subido
cuando ve su embeleso y su sorpresa;
y más cuando a encontrarse en medio han ido
la mirada del joven que le expresa
la admiración, la gratitud más viva,
y su tierna mirada compasiva.

  Pero reclina al joven blandamente
y aparta dél los ojos; la acobarda
un movimiento que en el alma siente,
y le manda el pudor ponerse en guarda.
Confusa, temerosa y ya impaciente,
«Válgame Dios, lo que Everaldo tarda»
dice en sí misma. Pareció el mancebo
desfallecer, y se adurmió de nuevo.

  Ya es un profundo y apacible sueño
al que rendido yace; lo que libra
a Isabelita de terrible empeño;
porque su corazón, en cada fibra,
en tanto que él de sus sentidos dueño
la está mirando, estremecido vibra.
Pero la agitación ya se sosiega,
y más ahora que Everaldo llega.

  Llegó Everaldo; y ella como advierte
que al parecer mejor está el herido
(que si se ha visto próximo a la muerte
ha sido por la sangre que ha perdido),
encarga se le dé, cuando despierte,
sustento; se le ponga en más mullido
lecho; y que el inquilino cuanto pase
la haga saber; y aquesto dicho, vase.

  Miró al soslayo al joven Isabela,
y huyó cobarde; y si huye así cobarde,
ella sabe por qué; y aun la cautela
me parece que llega un poco tarde.
Mas el lector saber la historia anhela
de tal proscrito, y no es razón que aguarde.
Suene la lira en alto contrapunto,
que lo merece bien el nuevo asunto.

autógrafo

Andrés Bello


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Incluido en Poesías Andrés Bello; prólogo de Fernando Paz Castillo, en www.cervantesvirtual.com