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  EN LA APOTEOSIS DEL ACTOR MERCED MORALES

Mentira el ¡más allá!  ¡Mentira el alma
Que el retroceso impuro
Hace nacer llenando lo futuro,
Del triste cementerio entre la calma!
¡Engaño esa creación que el fanatismo
Hace brotar del último lamento
Que nos lleva al abismo!
¡Mentira ese ad terrorem  que el convento
Lanza á la humanidad mezquina y necia
Que, oyendo á la razón y al pensamiento
No abarca esa mentira y la desprecia!
El hombre es sólo el hombre,
Pobre criatura de miseria y lodo,
Que sueña, que delira, y que en la fosa
Mira rodar con su existencia todo;
Pobre ser que termina la jornada
Con el eco de su último latido,
Para volver en sombra convertido
A su punto de origen, a la nada.
Es un astro-misterio que atraviesa
La curva de la vida, y se derrumba
Al concluir la carrera de ese cielo
Que en el Oriente de la cuna empieza
Y acaba en el Ocaso de la tumba;
Molécula que, oculta entre la gasa
De la noche, sin ruta y sin destino,
Como una exhalación flébil y escasa,
Nace, se mece y pasa
Sin dejar una huella en su camino,
Y que a veces llegándose valiente
Hasta el sol de la gloria,
Se enciende en él y vuela,
Pero dejando entonces, donde acaba,
El germen de otra luz sobre la estela.
Luz inmortalidad con que deliran
El sabio y el artista y el guerrero
En medio de esos éxtasis soberanos
Que son la hora suprema
En que el genio prepara con sus manos,
Para ceñir sus frentes la diadema;
Hora en que el hombre alcanza,
Por el zodiaco de la fe y del arte,
Llegar hasta el zenit de su esperanza
Para robarle el rayo que algún día
Sobre su pobre lápida mortuoria,
Caiga a encender, sublime de poesía,
La antorcha fulgurante de la gloria.
Luz inmortalidad con que soñaban
Sonriendo de placer en su delirio,
El mártir libertad en el cadalso
Y el espectro conciencia en el martirio;
Fulgor que, en la conquista
Del saber y el talento, se levanta
Descorriendo grandioso ante la vista,
El soñado horizonte de una tierra
Donde bendita y mágica se encierra
La tierra prometida del artista,
Esplendor auroral que era el ensueño
Consolador y grato en su pobreza
Del actor inspirado,
Que aún ayer se encontraba circundado
Con la aureola del genio en la cabeza;
Del audaz fingidor que ayer hacía
Sollozar o reír bajo este techo,
Y que hoy, cadáver, duerme
De un pedazo de tierra sobre el lecho.
Cayó... sobre su tumba
Gime el arte, y la patria inconsolada
Con sus hermosos besos maternales
Deposita una lágrima adorada,
En tanto que la fama, que abandona
De la muerte en los antros funerarios
Al despojo... y al hombre,
Vuela augusta a escribir en sus santuarios
Las letras de su nombre.
.   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .
¡Muerto, reposa en paz! y si en la fiebre
De tu ambición y tu querer fecundo
Soñaste con un mundo más risueño
Que este pequeño y miserable mundo;
Si astro que cruza la extensión vacía
Soñaste con dejar escrita en ella
Algo como la luz que en ti vivía
Para hacerte inmortal con esa huella,
Tu sueño está cumplido... tus cenizas
Ya no son más que escoria;
Pero el azul radioso de tu patria
Cuenta con otra luz, la luz de tu memoria
Los hombres como tú, jamás perecen
Al tocar los umbrales
De la obscura región de lo ignorado;
Los hombres como tú, mueren y crecen
Con la figura inmensa de granito
Que de pie y majestuosa se levanta
De entre el polvo impalpable que la planta
Envuelve al resbalar en lo infinito.
Para ti no hay sepulcro, que el reflejo
De tu luz poderosa
Te basta en la caída,
Para seguir viviendo en otra vida,
No en la estrechez de tu escondida fosa...
Tú como el astro hermoso de la aurora
Que rueda en el ocaso,
Dejando como huella de su paso
La luna brilladora,
Caíste en el abismo,
Nítido sol de mexicano cielo:
Pero dejando al terminar el vuelo,
La luna de ti mismo.

Sacerdote titánico del arte.
Envuélvete sonriendo en la mortaja
Que te arropa en la huesa...
Donde tu cuerpo mísero reposa
Y se alza el pedestal de tu grandeza.
¡Adiós, muerto sublime!
¡Sublime y noble atleta del proscenio!
Descansa en paz mientras tu patria gime
Sobre el recuerdo que tu gloria abona,
Y mientras teje en su santuario el genio,
Para rodear tu nombre, una corona.

autógrafo

Manuel Acuña


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