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            LA SOÑADORA

                  ODA

LEÍDA POR JOSÉ ZAMORA, A NOMBRE DEL AUTOR, EN BENEFICIO DE MARÍA SERVÍN

Pueblo: tú que prorrumpes en gigantes
Himnos de admiración y de entusiasmo
Ante el arte y lo bello;
Tú, de cuya alma toma
La vestal de la gloria y de la fama
Fuego para encender a su destello
De una lámpara mística la llama;
Tú, que eres soñador y eres artista,
Lo mismo entre la paz que entre la lucha,
Prepara una guirnalda de tus flores
Más queridas y... escucha.

Era una cuna, un lecho entretejido
De gasas y jazmines...
Pequeño, vaporoso, recogido...
Una forma de nido
Como esos que se ven en los jardines.
Y en ese nido, columpiado al aire
Con el vaivén arrullador del viento,
Era una niña hermosa que soñaba
Como yo no sé qué blanco pensamiento;
Una niña inocente que dormía
Entre los chales de su tibia cuna,
Con una de esas hadas misteriosas
Que ñngen las tinieblas y la luna
Entre el húmedo cáliz de las rosas;
Virgen de amor, en cuya casta frente
El sol de lo inmortal resplandecía
Majestuoso y ardiente,
Con su rayo de luz grabando en ella
Esa chispa radiosa que, más tarde,
Ante el sepulcro abierto se alza estrella
Y en la vía láctea de los genios arde.

Y la noche era negra, era una noche
Que flotaba impalpable como un velo
Prendido en las montañas,
Sin la luz de un zig-zag entre las sombras
Ni la luz de un cocuyo entre las cañas;
Negro y basto ropaje
Que cobijaba al átomo del mundo
Como al grano de arena el oleaje,
Quedando aquella niña en el vacío
De las tinieblas, escondida y sola,
Como queda la gota de rocío
Cuando cierra la brisa una corola...

Mas de pronto la curva de los cielos
Recogió su gigante vestidura,
Y libre de los pálidos fantasmas,
Que rodaban informes en la altura,
El aire se cubrió de resplandores
Que se acercaron tibios y temblantes,
Circuyendo la frente de la niña
Como un laurel inmenso de diamantes;
Y entonces una voz, cuya candencia
Sonaba arrulladora
Como el canto de amores da la virgen,
Se oyó que repetía
En su dulce cascada de gorgeos:
—Duérmete, vida mía,
Gozando con la luz y la poesía
De la región que pueblan tus deseos...
Duérmete, flor del arte,
A la que el beso de las auras mece...
Duérmete... y cuando venga a despertarte
La voz de tu destino,
Yo, el ángel de tu cuna,
Regaré de perfumes y de galas
La áspera cumbre que tu genio adora,
Y adonde tienden las inmensas alas
Tu ambición y tu fe de soñadora.

Dijo la voz: y la corona ardiente
Ensanchando su cerco luminoso
De estrellas inmortales,
Se perdió en los lejanos horizontes,
Mezclada con el fuego de la aurora
Que asomaba su luz tras de los montes.

Después, aquella niña
Despertó de su mágico letargo,
Y emprendiendo el camino
De la jornada que a la gloria lleva
Entre el dolor y el desaliento amargo,
El mundo la miró sobre el proscenio
Arrancando un laurel a su destino
Y esculpiendo su busto peregrino
Sobre el augusto pedestal de genio.
Blanca y tierna paloma
Que hasta el templo del arte alzó las alas
Para robar al arte sus secretos,
Descendiendo después sonriente y bella
Entre el aplauso universal del mundo
Lleno de amor y admiración por ella.

Por ella, que eres tú, la que hoy recoges
El ideal de tus sueños infantiles
Entre el incienso embriagador del triunfo...
Por ti que haces salir entusiasmado
El corazón del pueblo que hoy arranca
La cadencia más dulce y más sentida
Del arpa de su gloria,
Para arrojarla con su flor más blanca
Sobre el gigante altar de tu victoria.

Por ella, que eres tú, la más querida
Esperanza de México, la virgen
A quien el porvenir desde la cuna
Prometiera su espléndida guirnalda,
Y que hoy viene, al rumor de las conquistas
Que tu celeste inspiración abona,
A ceñir a tu frente esa corona
Que hace iguales a Dios y a los artistas.

autógrafo

Manuel Acuña


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