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        LÁGRIMAS
  A LA MEMORIA DE MI PADRE

Quum subit illius tristissima noctis imago
quae mihi supremum tempus in urbe fuit;
quum respeto noctem qui a tot mihi cara reliquie
labitur es oculis nuc quoque gutta meis.


OVIDIO.-ELEGÍA III

Aún era yo muy niño, cuando un día,
cogiendo mi cabeza entre sus manos
y llorando a la vez que me veía
«¡Adiós! ¡Adiós!» me dijo;
«desde este instante un horizonte nuevo
se presenta a tus ojos;
vas a buscar la fuente
donde apagar la sed que te devora;
marcha... y cuando mañana
al mal que aún no conoces
ofrezca de tu llanto las primicias,
ten valor y esperanza,
anima el paso tardo,
y mientras llega de tu vuelta la hora,
ama un poco a tu padre que te adora,
y ten valor y ... marcha... yo te aguardo».

Así me dijo, y confundiendo en uno
su sollozo y el mío,
me dio un beso en la frente...
sus brazos me estrecharon...
y después... a los pálidos reflejos
del sol que en el crepúsculo se hundía
sólo vi una ciudad que se perdía
con mi cuna y mis padres a lo lejos.

El viento de la noche
saturado de arrullos y de esencias,
soplaba en mi redor, tranquilo y dulce
como aliento de niño;
tal vez llevando en sus ligeras alas
con la tibia embriaguez de sus aromas,
el acento fugaz y enamorado
del silencioso beso de mi madre
sobre el blanco lecho abandonado.

Las campanas distantes repetían
el toque de oraciones... una estrella
apareció en el seno de una nube;
tras de mi obscura huella
la inmensidad se alzaba...
Yo entonces me detuve,
y haciendo estremecer el infinito
de mi dolor supremo con el grito;
«¡Adiós, mi santo hogar», clamé llorando,
«¡Adiós, hogar bendito!,
en cuyo seno viven los recuerdos
más queridos de mi alma...
pedazo de ese azul en donde anidan
mis ilusiones cándidas de niño...!
¡Quién sabe si mis ojos
no volverán a verte!...
¡Quién sabe si hoy te envío
el adiós de la muerte!...
Mas si el destino rudo
ha de darme el morir bajo tu techo,
si el ave de la selva
ha de plegar las alas en su nido,
¡guárdame mi tesoro, hogar querido,
guárdame mi tesoro hasta que vuelva!»

Las lágrimas brotaron
a mis hinchados párpados... las sombras
espesas y agrupadas de repente
se abrieron de los astros a la huella...
cruzó una luz por lo alto, alcé la frente,
el cielo era una página y en ella
ví esta cifra —¡Detente!
Detente... y a mi oído
llegó como un arrullo de paloma
la nota de un gemido;
algo como un suspiro de la noche
rompiendo del silencio la honda calma...
algo como la queja
de un alma para otra alma...
algo como el adiós con que los muertos,
del amor al esfuerzo soberano,
saludan desde el fondo de sus tumbas
al recuerdo lejano.

.   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

Al despertar de aquel supremo instante
de letargo sombrío
la noche de la ausencia desplegaba
su impenetrable velo,
sus sombras sin estrellas,
su atmósfera de hielo...
esa odiosa ceguez en que el ausente
proscrito del cariño
cumple con su destierro, suspirando
por sus recuerdos vírgenes de niño;
ese inmenso dolor que hace del alma
en el terrible y solitario viaje,
un árido desierto
en donde es un miraje cada punto
y en donde es un amor cada miraje...

Y así de la ampolleta de mi vida
se deslizaban las eternas horas
sobre mi frente mustia y abatida,
soñando al extenderse en lontananza,
como una dulce estrofa desprendida
del arpa celestial de la esperanza;
así, cuando una vez, en el instante
en que la blanca flor de mi delirio
desplegaba en los aires su capullo;
cuando mi muerta fe se estremecía
bajo sus ropas fúnebres del duelo
al ver flotando en el azul del cielo
el alma de mi hogar sobre la mía;
cuando iba ya a sonar para mis ojos
la última hora de llanto,
y se cambiaba en música de salve
la música elegíaca de mi canto;
mi corazón como la flor marchita
que se abre a las sonrisas de la aurora
esperando la vida de sus rayos
también se abrió... para plegar su broche,
a las caricias del amor abierto,
encerrando en el fondo de su noche
¡las caricias de un muerto!...

En el espacio blanco y encendido
por los trémulos rayos de la luna
yo vi asomar su sombra...
La gasa del sepulcro lo envolvía
con sus espesos pliegues...
En su frente espectral se dibujaba
una aureola de angustia, lo que dijo
se perdió en la región donde flotaba...
su mano me bendijo...
su pecho sollozaba...
La sombra se elevó como la niebla
que en la mañana se alza de los campos;
cerré los ojos, supirando y luego...
oí un adiós en la profunda calma
de aquella inmensidad muda y tranquila,
y al levantar de nuevo la pupila
¡el cielo estaba negro como mi alma!

En el reloj terrible
donde cada dolor marca su instante,
el destino inflexible
señalaba la cifra palpitante
de aquella hora imposible;
hora triste en que el íntimo santuario
de mis sueños de gloria,
vio su altar solitario,
convertido su sol en tenebrario,
y su culto en memoria...
Hora negra en que la urna consagrada
para envolverlo, ¡oh, padre!
del cariño en la esencia perfumada,
fue un sepulcro sombrío
donde sólo dejaste tu recuerdo
para hacer más inmenso su vacío.

¡Padre... perdón porque te amaba tanto,
que en el orgullo de mi amor creía
darte en él un escudo!
¡Perdón porque luché contra la suerte,
y desprenderme de tus lazos pudo!
¡Perdón porque a tu muerte
le arrebaté mis últimas caricias
y te dejé morir sin que rompiendo
mi alma los densos nublos de la ausencia,
fuera a unirse en un beso con la tuya
y a escuchar tu postrera confidencia!
  Sobre la blanca cuna en que de niño
me adurmieron los cantos de la noche,
el cielo azul flotaba,
y siempre que mis párpados se abrían,
siempre hallé en ese cielo dos estrellas
que al verme desde allí se sonreían;
mañana que mis ojos
se alcen de nuevo hacia el espacio umbrío
que se mece fugaz sobre mi cuna,
tu sabes, padre mío,
que sobre aquella cuna hay un vacío,
de esas dos estrellas falta una.

Caíste... de los libros de la noche
yo no tengo la ciencia ni la clave;
en la tumba en que duermes
yo no sé si el amor tiene cabida...
yo no sé si el sepulcro
puede amar a la vida;
pero en la densa oscuridad que envuelve
mi corazón para sufrir cobarde,
yo sé que existe el germen de una hoguera
que a tu memoria se estremece y arde...
yo sé que es el más dulce de los nombres
el nombre que te doy cuando te llamo,
y que en la religión de mis recuerdos
tú eres el dios que amo.

  Caíste de tu abismo impenetrable
la helada niebla arroja
su negra proyección sobre mi frente,
crepúsculo que avanza
derramando en el aire transparente,
las sombras de una noche sin oriente
y el capuz de un dolor sin esperanza.
  Padre... duérmete... mi alma estremecida
te manda su cantar y sus adioses;
vuela hacia ti, y flotando
sobre la piedra fúnebre que sella
tu huesa solitaria,
mi amor la enciende, y sobre ti, sobre ella
en la noche sin fin de tu sepulcro
mi alma será una estrella.

autógrafo

Manuel Acuña


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