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            ODA
ANTE EL CADÁVER DEL DR. JOSÉ B. DE VILLAGRÁN

Si la vida es un cielo, y si la muerte
Es la noche más negra de ese cielo,
Cuando el hombre al morir deja encendida
La luz inmaculada de sus huellas;
Cuando igual a la tarde,
Sucumbe coronándose de estrellas
Y haciendo en su caída
De un astro nuevo aparecer la cuna,
Entonces esa sombra maldecida
Que se alza del abismo de la nada,
Si es la noche en el cielo de la vida,
En el cielo del triunfo es la alborada.

La tumba se convierte
En el primer peldaño de esa escala
Que los Jacob del genio sueñan tanto,
La lira de la muerte
En lugar de un gemido ensaya un canto;
Y la cripta mortuoria
Se cambia ante la losa que la cierra,
En la última jornada de la tierra
Y en la primera jornada de la gloría.

Allí es donde comienza ese paisaje
Con que a su fe y a su destino fieles,
Deliran en su afán los soñadores;
Donde está la partida de ese viaje
Que tiene por bellísimo miraje
Todo un mundo de palmas y de flores...
Allí es donde el Colón-inteligencia,
Divisando en la playa de su anhelo
La santa realidad de su creencia,
Se alza en todo el vigor de su conciencia
Gritando al verla y al tocarla... ¡cielo!

La muerte no es la nada,
Sino para la chispa transitoria
Cuya luz ignorada
Pasa, sin alcanzar una mirada
De la pupila augusta de la historia;
Pero la flor que muere y que se inclina
Falta de aliento y de vigor al suelo,
Sigue viviendo aún en el mismo ocaso
Que de sus ricas galas la despoja,
Cuando al rodar del vaso la última hoja
Queda su esencia perfumando el vaso.

Tú sucumbiste así; y aunque el abismo
Al mundo robe con tu cuerpo un hombre,
Tú para el mundo seguirás el mismo
Mientras viva el perfume de tu nombre;
Por eso el sentimiento
Que en torno a este ataúd nos ha reunido,
No es el dolor hipócrita que al viento
Lanza la inútil queja de un gemido;
No es el pesar que apaga su lamento
En el silencio ingrato del olvido,
Sino el placer que brota y se levanta
Sobre la eterna marca de tus huellas,
Y que del himno que escribiste en ellas
Hace el himno inmortal con que te canta.

Venimos a ceñir sobre tu frente
La corona de luz que tú querías;
A recoger para tu fe naciente
La llama que en tu espíritu escondías...
Y al mundo triste y de dolor cubierto
Que aguarda a que la tumba te devore
Venimos a decirle que no llore,
Venimos a decirle que no has muerto...

Que hoy es cuando tú naces
A la luz de la gloria y de la vida,
Y hoy cuando te despiertas y cuando haces
Tu entrada por la tierra prometida,
Que en vez de ser testigos
De un crepúsculo débil que se apaga,
Los que hoy venimos a entregar un hombre
Al antro de las sombras eternales,
Venimos a encender en su desierto
El sol que se alza de ese libro abierto
Donde quedan tus hechos inmortales.

autógrafo

Manuel Acuña


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