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    EL PROSCRITO

Agua reverdecida, la palabra
que fue apariencias turba nuevamente: catástrofe
encima de la cal, ávida vid que apresurada cae
de vuelo a onda a eterna superficie
hendiendo el demorado ardor de la quietud.

Donde el hastío los naufragios cubre, su exhalación levanta
en vendaval y sílabas la sombra
en torno del corcel desfallecida; asciende
y con fragor los rostros atraviesa: bandera que en delirio
despereza de escoria la centuria
afín al delator que pudre la alabanza.

          Solo te quedarás, precario amante hablando
          al sol insomne, y la desdicha
          un hueco hará en la alcoba al despertar
          sin un resuello cerca ni ver cómo la infancia
          alienta el vaho que prosigue.

          El vacío quizá, la desnudez
          contaminada, el sábado perenne, la vileza
          febril de acariciar los hijos
          de la hermana menor, diente con diente
          anegarán el lecho de cortinas cerradas
          tras el rumor de las visitas.

Mártir sin pueblo, pasaré la tarde anclado en la espesura,
inerme ante la ley pero forjando
estíos sobre el vasto acontecer que aloja
testimonios, ardiendo en cantos como arenas donde silba
el soplo que rescata a la serpiente.

De la armonía bajaré a escuchar lejanas
mansedumbres: “Mi esposa, mis criaturas”, mecánica indolencia
que el miedo trueca en vanidad de tigre
saltando seriamente de orfandad a consuelo:
ni altares ni sepulcros, sólo dioses en cuya piel acecha
la tempestad en muro blanqueado.

          Encomiéndate a Dios, regresa a casa
          a compartir la adversa atmósfera vencida
          porque el trigo no cae en tierra
          y nada haría perdurar ahora
          hierros que en la pradera devastan la cordura.

          Rostro para una vida larga,
          comparece a la mesa de los justos
          a hacerles compañía, y deja la mansión
          adonde hollados por el polvo
          llegan ruidos del último banquete
          como dormita el viento absorto en la llanura.

Yacen todos con honra, circundados de hiel
bajo la herrumbre de aplazados días, en cotidianas órbitas
sin antes ni después, con el pesar
que al salteador aturde, oculto en el recodo
del camino, sin furia ni piedad, confiado a la esperanza.

Disipan, en sarcófagos, laureles
y el nombre que heredaron pone coto a las hordas;
no saben del desastre nacido de un mirar que se desvía
porque el amargo amor de su costumbre
aloja el pez de las escamas apagadas.
Si abrieran el portal, piadosamente los contemplaría.

autógrafo

Alí Chumacero


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