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        LA EXPÓSITA1

Stirpe misera d' Adamo
Numerar chi puó tuoi pianti?

Pellico

                        I.

Niña primorosa
De los ojos negros,
Del cabello en trenzas
Del ebúrneo cuello;
¿Por qué late ansioso
Tu velado seno
Y con llanto inundas
Ese rostro tierno?

¿Un aleve, acaso,
Con mentido fuego
Te burló inclemente,
Te robó el contento?
Lloras, por ventura,
De cercano deudo
La enfadosa ausencia
O el destino fiero?
Tal vez... mas acrece
Sin tasa, tu duelo...
—«Soy huérfana, dices,
Amparo no tengo».

                        II.

Llora, niña sin ventura.
Que eres hija de la impura
Maldecida seducción:
Los que al mundo te arrojaron
Por herencia te legaron
La pobreza... y un borrón.

Torpe fue la madre fiera
Que la dicha hallar creyera
Separada de tu faz:
Que no da con fácil mano
El Señor al inhumano
Largas horas de solaz.

Eras prueba de la culpa
Que, sabida, no disculpa
La manchada sociedad:
Y apagose en el momento
El materno sentimiento,
Y triunfó la vanidad.

¡Arrojarte así a la vida
Tan hermosa y desvalida
En un mundo corruptor!
¡Y acallar a la conciencia
Desterrando tu presencia,
Para hundirte en el dolor!

Tú no tienes, inocente,
Quien te mire blandamente,
Quien se duela de tu mal;
Nadie asila tu pobreza,
Ni reposa tu cabeza
En el halda maternal.

¡Infelice! vuelve al cielo
Tus plegarias, y consuelo
Dete el Dios de caridad.
Que eres virgen blanda y pura,
Y a la casta criatura
El ampara en la horfandad.

                        III.

Exhala tu dolor arrodillada
A los pies de esa cruz ensangrentada
Que levantó rabioso el descreído,

Cuando a Jesús, el hijo de Dios bueno,
Jerusalem, con ciego desenfreno,
Enclavó en el madero bendecido.

Demanda al Redentor del mundo impío
Preserve tu existir del extravío
Que derrumba de Adán la descendencia:

Ruégale, por la madre lacrimosa,
Te aliente en esta vida tormentosa
Do fallece la débil inocencia.

Oremos: yo a tu lado virgen pura,
Elevaré mis ruegos con tristura
Al que tres veces Santo el mundo aclama,

Y maldiga su voz omnipotente
A quien ve en el dolor al inocente
Sin enjugar el llanto que derrama.

Febrero de 1840.

Adolfo Berro


1 Esta composición tiene muchos apasionados: no lo extraño. —Veo que hay en ella más sentimiento que en ninguna otra. —Las lágrimas se asomaban a mis ojos al componerla.


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