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        A LA MUERTE

En vano, cruda muerte,
En mí tu zaña apuras:
Si están mis manos puras
¿Qué mal podré temer?

La llama que a mi mente
Dio un día el alto cielo
No esperes en el suelo
Tirana oscurecer.

El présago sonido
Que exhalas de tu boca
Espante al que provoca
La lid de maldición.

Espante al que su patria
Sujeta a vil coyunda,
Y en crímenes se inunda
De atroz recordación.

Espante al que seduce
La cándida belleza,
Y en llanto e impureza
La mira sin horror.

Espante al que a su hermano
Conduce en cautiverio,
O lleva el adulterio
Al lecho del amor.

Si yo de paz proclamo
Las leyes a porfía,
Si odié la tiranía
Y al hombre desleal:

Si miro un nuevo hermano
De Dios en cada hechura:
Si en mí la desventura
Consuelo halló vital.

¿Por qué, sangrienta muerte,
Tu zaña me persigue?
¿El que inocente vive
Qué mal podrá temer?

La llama que a mi mente
Dio un día el alto cielo
No esperes en el suelo
Tirana oscurecer.

Marzo de 1840.

Adolfo Berro


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