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        EL MENDIGO

Tú, en quien un padre oficioso
Hasta el vil insecto encuentra,
Olvidas hoy a tus hijos?
¿O dejarás que perezca
Sin pan el pobre?

Meléndez - Tempestad.

                        I.

Las quietas aguas de la mar colora
El sol naciente, con rojiza luz;
Rayo despide que en el acto dora
Del alma Seo la cristiana cruz.

Al pie de torre que elevó el creyente
Yace el mendigo de atristada faz,
Gravados, ¡ay! sobre su calva frente
Los hondos surcos del dolor tenaz:

¡Oh sol! exclama con cortado aliento,
¡Bendito Dios que te arrojó a lucir!
En presa el alma a sin igual tormento
Anoche, helado, me sentí morir.

Allá en los años de mi edad lozana
En blando lecho, sin pesar, dormí;
En frio mármol mi cabeza cana
Hoy solo posa, despreciada, aquí.

¡Cuanta miseria! Del amarga copa
Las heces todas apuré, señor;
Diez años hace que mi hambrienta boca
El pan demanda por tu santo amor.

¡Feliz si al menos no pidiese en vano!
Alivio hallara mi terrible afan;
Mas no, del hombre, para escarnio, hermano
El labio dice, y me deniega el pan.

                        II.

Cual grano ligero
Que al mar el pampero
Bramando arrojó;

Del mundo olvidada,
Mi vida anegada
Se ve en el dolor.

Constante en mi oído
Escucho el sonido
De acento infernal,

Que dice, del crímen
Estás en el limen,
¿Por qué vacilar?—

Y en vano consuelo
Demando— ¿en el suelo
Quién oye mí voz?

Así en el torrente
La gota luciente
Se pierde veloz.

Tal vez... sí, mañana
La triste campana
Por mí doblará;

Y el hombre enemigo
¿Qué importa un mendigo?
Pasando, dirá.

                        III.

Y un hombre pasaba: con muestras de duelo
Oyó al triste anciano su queja exhalar,
Que vueltos los ojos marchitos al cielo
Alivio divino parece esperar.

Piedad de cristiano al ánima pura
De aquel pasagero, sin duda, tocó:
¡Ay! cese tu llanto, no más desventura,
Diciendo, al mendigo la mano tendió.

Riquezas te faltan, riquezas poseo,
Y amigos y deudos que tuyos serán;—
—¡Oh cielos! Bendiga tan pío deseo
En ti y en tus hijos de Dios la bondad.

Y nunca, si lloras, te niegue el consuelo
Que dan al mendigo tus labios de amor—
Eleva de hinojos entonces al Cielo
Del Padre potente el himno en loor.

                        IV.

A ti, Dios, tributo
De amor perdurable.
Mi ser inefable
Te va a consagrar.

Formaste piadoso
El alma que pura
Pretende en ventura
Mi pena trocar.

Al hombre dijiste,
«Maldita la mano
Que hiere al hermano
Con ira brutal:

»Bendito quien seca
Del mísero el llanto—
Le aguarda del santo
La vida eternal».

Los orbes en coro
Su Padre te aclaman;
Tus manos derraman
En ellos la fe.

Los ojos te encuentran
Do quiera, Dios mío—
Temblando el impío
Humillase y cree.

La zaña sujetas
Del mar con tu acento,
Enciende tu aliento
Del rayo el furor.

Lo mandas— del mundo.
Mil pueblos perecen;
Lo quieres, parecen
Con nuevo esplendor.

¡Oh Dios! tu clemencia
Los siglos publican,
En ti glorifican
La eterna bondad:

Bendiga tu diestra,
Señor, al cristiano,
Y lava al profano
De toda impiedad.

Marzo de 1840.

Adolfo Berro


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