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          LA RAMERA

                      I.

Tierna mujer que la lozana frente
Graciosa eleva de carmin teñida,
Suelto el cabello que feliz desciende
Al albo seno do el placer se anida,

En danza alegre, sobre alfombra roja,
El pie ligero, como el aura, mueve;
Gota luciente sus mejillas moja
Que blanco lino en el instante bebe.

Mil lazos forman en voluble juego
Sus altos brazos con primor velados,
Mientras ardiendo en revoltoso fuego
Las ojos giran, por amor formados.

Cual vaga nube que sus alas tiende
Sobre las aguas, a la luz primera,
Vuela la veste que en el talle prende
Con jalde broche, de gentil manera.

                      II.

Imagen de los seres que la mente
Del poeta adormido ve en la esfera,
¿Quién eres, di, mujer resplandeciente?
¿Un ángel? no, ¡gran Dios! —una ramera.

¡Ramera! nombre execrado
Que nacido en la torpeza
Es baldón de la belleza
Que le lleva por su mal.

Nombre de halago y misterio
De perdicíón y ventura
Que muere en la desventura
Como el arista en la mar.

¿Y tú le llevas, hermosa,
Cual reluciente diadema,
Riendo de ese anatema
Que la sociedad le echó?

¿No lloras, mujer, no lloras
Cuando pasando altanera
La esposa dice ¡ramera!
Trémulo el labio de horror?

¿No lloras, cuando a tu rostro,
Do nieve y rosa atesoras,
Ves cual marchitan las horas
Que pasas en embriaguez?

¿No tiemblas cuando procuras
Rasgar el espeso velo
Del porvenir, y tu anhelo
Desprecios, miserias ve?

¡Terrible, cierto, es en medio
De la festiva velada
Oír esa voz helada
Que marca el tiempo que fue!

Terrible tras danza loca
Dormir en lecho de amores
Y despertar en dolores
En la horfandad y vejez!

¿Y ríes, y herido el suelo
Bajo tus plantas retumba,
Ramera, mientras derrumba
Su carro el tiempo veloz?

En vano hermosa te ostentas,
En vano en gozo te bañas,
Que abrigan hiel tus entrañas,
Veneno tu corazón.

¡Ay! ese cuerpo elegante
Que adornas con tanto anhelo
Pronto despojo del suelo,
Será un objeto de horror;

Y en infernales orgías
Tu cráneo hueco y maldito
Copa será del precito
Do beba negro licor.

                      III.

Deja, loca mujer, la danza impura;
Arroja tanta gala mundanal,
Y en vez de la brillante vestidura
Toma de penitencia ancho sayal.

Desecha los deseos que se abrigan
En tu seno, que vele ya el pudor:
Rompe esos torpes lazos que te ligan
Cual parásita hiedra a tierna flor.

Elévense tus preces ejemplares
Al Dios que «la luz sea», dijo, y fue:
Arrójate a los pies de sus altares
Y exclama en mar de llanto ¡yo pequé!

Vuela, que un solo instante de tardanza
Las sendas de salud te cerrará:
Y do buscaba aliento tu esperanza
Reprobación eterna encontrará.

Junio de 1840.

Adolfo Berro


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