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        UNA MUJER EN LA TUMBA
  AL SEÑOR D. MELCHOR PACHECO Y OBES

Hélas! que j'en ai vu mourir de jeunes filles!
C'est le destin. II faut une proie au trépas.

Victor Hugo.

Yace por siempre helada
Dentro ataúd profundo
Una mujer manchada
Que el Hacedor del mundo
Tornó en arcilla, en nada.

Luz funeraria, vierte
Mustio, fugaz destello
Sobre el rostro inerte
Que de lozano y bello
Fiero paró la muerte.

Nadie eficaz consuelo
Diole con labio amante
Ni mitigó su duelo
En el terrible instante
De abandonar el suelo.

Nadie doliente llora
Sobre su faz marchita;
Ni la piedad implora
En oración contrita
Del Dios que el justo adora.

Que en ese enjuto seno
Se aposentaba el crimen,
Desque al rubor ajeno
Pudo salvar el limen
Que lleva al desenfreno,

Fue su ventura gota
De matinal rocío
Que rudo viento azota,
O que ferviente estío
Con seco rayo agota.

Mientras creciera oscura
Bajo el paterno techo
Nunca pasión impura
Hizo latir su pecho
Con desigual presura.

La vanidad maldita
Echola luego al mundo
Que la inocencia incita
Para que el vicio inmundo
Deje su huella inscrita.

¡Ay! la que amada prenda
Era del padre anciano
Dando al deseo rienda
Hizo en altar profano
De su pureza ofrenda.

Por el salaz camino
Corrió con suelta planta,
Pimpollo purpurino
Que insecto vil quebranta
Y arrastra el torbellino.

¡Cuanta ventura insana,
Cuanto pesar impío
Abrigó en el alma vana
De ese cadáver frío
Que fetidez emana!

¿Y esa, gran Dios, la hermosa
Es que brilló en el suelo,
Cual loca mariposa
Que remontando el vuelo
Cae en la mar undosa?

Sí: que a la diestra fuerte
Del Hacedor del mundo,
El alma mía advierte,
En ese cuerpo inmundo
Que desecó la muerte.

Agosto 15 de 1840.

Adolfo Berro


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