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        MAÑANAS DE ESTÍO

De la loma al pie, una fuente
De hermosura peregrina
Bajo sauces lagrimosos
Deja ver su clara linfa.

En sus márgenes de grama
Reclinada está una niña,
Sonrosada, blanca y bella
Cual la aurora que la mira.

De su cuello y su cintura
Las lazadas desceñidas;
En el seno contorneado
Blando abrigo halla la brisa.

Sin gustar de la frescura
Con que el agua la convida
Por sobre ella prestamente
El desnudo pie desliza.

Alza a veces puras gotas
Que al caer forman mil prismas
Dando paso a los destellos
Que el naciente sol envía.

La flotante cabellera
En los hombros se ensortija,
Ya los besa, ya se aparta
De las auras impelida.

En la fuente acaso toca
Y fugaz el agua riza,
Cual las alas presurosas
Del alción que allí se anida.

En sus manos tiene un ramo
La rosada y blanca niña,
De marchitos azahares
Y cerradas margaritas.

Le contempla— dentro el agua
Deja el pie, que el frío eriza,
Y risueños pensamientos
En su bella faz se pintan.

De los ojos renegridos
Se humedecen las pupilas,
Y halagüeños, como nunca,
Con no visto fuego brillan.

¿Qué tendrá, pues, ese ramo
Que la pone así festiva?
¿El enlace será, acaso,
De azahar y margaritas?

Es que ayer, en la alborada,
Al venir, aún adormida,
A bañarse en esa fuente,
Cuyas aguas hoy esquiva,

Halló el ramo atado a un sauce
Con celestes blancas cintas
Sujetando, al mismo tiempo,
Unas décimas sentidas.

Que es a ella a quien han sido
Esas trovas dirigidas
Duda alguna no la queda,
¿Mas por quién fueron escritas?

No lo sabe, aunque sospecha
Son de alguno cuya vista
Vio mil veces fija en ella
En los bailes de las trillas.

Y se cuenta que él la hizo,
No había mucho, compañía,
Al volver de unas carreras,
Hasta el rancho donde habita.

La plateada luna, entonces,
Derramando luces vivas
Se mostraba, con la madre
Del amor, toda encendida.

¡Cuán hermosa está esa estrella!
Prorrumpió la dulce niña,
Que entregada a ideas vagas
Contemplándola venía:

Y él le dijo, luego al punto,
«Es verdad... siempre divina».
Y clavó sus tiernos ojos
En los de ella distraída.

El misterio que esas voces
Y miradas envolvían
No sé yo si desde luego
La inocente entendería.

Pero si que desde entonces
Siempre está imaginativa
Cuando ve cómo esa estrella
En el puro Cielo brilla.

Octubre de 1840.

Adolfo Berro


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