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        CANTO DE LA PROSTITUTA

Jazmines albos y purpúreas rosas
Adornen hoy mi peregrina sien;
Baje el cabello destrenzado al seno
Que, mal velado, palpitando esté.

Inquietas brillen, las pupilas negras
Como agitadas por intenso ardor,
Y en torno al lecho, do la frente pose,
Inciensos ardan de embriagante olor.

Venid, doncellas de rubor teñidas,
Esposas fieles, que bendijo Dios,
Venid—testigos de su dicha quiere
La vil ramera que os inspira horror.

Venid—Arturo, el de los labios rojos,
De las palabras con sabor de miel,
El prometido de la hermosa Elvira
Que mil de veces la juró ser fiel.

Hoy en mis brazos buscará el delirio
Que no consigue vuestro amor causar,
Que no se encuentra en vuestros besos tibios,
Ni en vuestro rostro se pintó jamás.

También Eduardo, de Lucía esposo,
En mis halagos buscará el placer,
Y reclinado en mis desnudos hombros,
Verá las horas, sin afán, correr.

¡Con cuánto gozo beberé su aliento
Para templar esta insaciable sed
Que los desprecios de la amante esposa
En mi alma hicieron, por su mal, nacer!

¡Ella, la vana! que al pasar volvía
Para no verme la encendida faz,
Cual si temiera que mi vista ardiente
Le arrebatara su envidiable paz:

Y recogía los flotantes pliegues
De su vestido, como el cielo azul,
Por que la brisa, revolando inquieta,
No le rozara con mi leve tul.

Pensaba, acaso, que su dicha eterna,
Sería siempre como el mismo Sol,
¡Y un solo instante se abrigó en su seno,
Como el perfume en la cortada flor!

Tal vez, en tanto que su ingrato esposo
Raudales de oro verterá a mis pies,
Y con guirnaldas ceñirá mi frente
Para besarla con ardor después,

Sola, anegada en perdurable llanto
Ella los ojos tornará al Señor,
Sustento pobre demandando, en vano,
Para los frutos de su triste amor.

Venid, doncellas de rubor teñidas,
Esposas fieles, que bendijo Dios,
Venid —testigos de su dicha quiere
La vil ramera que os inspira horror.

Adolfo Berro


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