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    OTRAS CANCIONES A GUIOMAR
A LA MANERA DE ABEL MARTÍN Y DE JUAN DE MAIRENA

              I

¡Sólo tu figura,
como una centella blanca,
en mi noche oscura!

              *

  ¡Y en la tersa arena,
cerca de la mar,
tu carne rosa y morena,
súbitamente, Guiomar!

              *

  En el gris del muro,
cárcel y aposento,
y en un paisaje futuro
con sólo tu voz y el viento;

              *

  en el nácar frío
de tu zarcillo en mi boca,
Guiomar, y en el calofrío
de una amanecida loca;

              *

  asomada al malecón
que bate la mar de un sueño,
y bajo el arco del ceño
de mi vigilia, a traición,
¡siempre tú!
          Guiomar, Guiomar,
mírarne en ti castigado:
reo de haberte creado,
ya no te puedo olvidar.

              II

  Todo amor es fantasía;
él inventa el año, el día,
la hora y su melodía;
inventa el amante y, más,
la amada. No prueba nada,
contra el amor, que la amada
no haya existido jamás.

              III

  Escribiré en tu abanico:
te quiero para olvidarte,
para quererte te olvido.

              IV

  Te abanicarás
con un madrigal que diga:
en amor el olvido pone la sal.

              V

  Te pintaré solitaria
en la urna imaginaria
de un daguerrotipo viejo,
o en el fondo de un espejo,
viva y quieta,
olvidando a tu poeta.

              VI

  Y te enviaré mi canción:
«Se canta lo que se pierde»,
con un papagayo verde
que la diga en tu balcón.

              VII

  Que apenas si de amor el ascua humea
sabe el poeta que la voz engola
y, barato cantor, se pavonea
con su pesar o enluta su viola;
y que si amor da su destello, sola
la pura estrofa suena,
fuente de monte, anónima y serena.
Bajo el azul olvido, nada canta,
ni tu nombre ni el mío, el agua santa.
Sombra no tiene de su turbia escoria
limpio metal; el verso del poeta
lleva el ansia de amor que lo engendrara
como lleva el diamante sin memoria
—frío diamante— el fuego del planeta
trocado en luz, en una joya clara...

              VIII

  Abre el rosal de la carroña horrible
su olvido en flor, y extraña mariposa,
jalde y carmín, de vuelo imprevisible,
salir se ve del fondo de una fosa.
Con el terror de víbora encelada,
junto al lagarto frío,
con el absorto sapo en la azulada
libélula que vuela sobre el río,
con los montes de plomo y de ceniza,
sobre los rubios agros
que el sol de mayo hechiza,
se ha abierto un abanico de milagros
—el ángel del poema lo ha querido—
en la mano creadora del olvido...

  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

autógrafo

Antonio Machado


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