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    NOCTURNO III

Había avanzado la noche hasta establecer sus dominios
acallando apagando todo rumor todo ruido
que no fueran propios de su expandida tiniebla
de sus tortuosas galerías de sus lentos laberintos
por los que se avanza dando tumbos contra blandas paredes
donde rebota el eco de palabras y pasos de otros días
y flotan y se acercan y se alejan rostros
disueltos en el hollín impalpable del sueño
rostros que nos visitaron en la infancia
o que encontramos un día cualquiera
en los anónimos pasillos de un ministerio
o en el lavabo de una estación de tren abandonada
o junto a una mujer que tal vez hubiera cambiado nuestra vida
y con la que nunca hablamos ni supimos su nombre
y que tomaba lentamente un vaso de leche tibia
en el sórdido rincón de un café de provincia
en donde el ruido de las bolas de billar
se mezclaba con la gangosa música de un tocadiscos
o en la pulcra oficina de correos de Namur
a donde fuimos por un paquete de ultramar.
Porque la noche reserva
esas sorpresas destinadas a quienes saben negociar
con sus poderes y perderse en sus corredores
habiendo abandonado por completo las precarias
armas que concede la vigilia y violado la limitada
tolerancia con la que nos permite internarnos
en ciertas regiones sin dejar de ejercer
sobre nosotros sus decretos de ceniza ni de extender
a nuestro paso la raída alfombra de sus concesiones
Pocos son en verdad son los elegidos que se libran
de tales trabas y se lanzan a la noche con el afán
de quien intenta aprovechar plenamente esas vacaciones
sin término que el oscuro prestigio de sus reinos propone
como quien regala una aleatoria eternidad
una supervivencia sin garantía pero provista en cambio
de una módica cuota de tentadoras encrucijadass
en donde el placer se nos viene encima
con la felina presteza de lo que ha de perderse
Porque tiene radas la noche dársenas
tenuemente iluminadas móviles vegetaciones
de algas ansiosas que nos acogen meciendo
pausadamente sus telones cambiantes sus velos funerales
Y es por eso que quienes han sellado el pacto
suelen preparar con minucia y prudente entusiasmo
cada excursión por los reinos nocturnos
Como esos viajeros que guardan una botella de vino
bebió para despedir a quienes fueron a la guerra
y en las tardes la llenan de nuevo con aceite de palma
y sudor recogido en las sienes de los agonizantes
o como esos maquinistas que antes de emprender la partida
y acumular presión en las calderas graban en las paredes
de las mismas la oración de los pastores sin ganado
Pero tampoco es esto porque aquel que se instala
tras las fronteras de la noche no precisa ajustarse
a reglas tan rígidas ni a condiciones tan específicas
Es más bien como un dejarse llevar por la corriente
intentando apenas con un leve sacudir de las piernas
o con una brazada oportuna impedir el golpe
contra las piedras y ceder al impulso de las aguas
sin perder nunca una cierta autonomía
No para escapar al fin sino para que el descenso tenga
más de viaje sujeto a los caprichos del deseo
que de vértigo impuesto por las aguas
Pero tampoco es esto así porque la noche misma
va dejando trampas por las que podemos escapar
de repente y es en el trabajo de presentirlas y evitarlas
cuando corremos el riesgo de perder lo mejor de la jornada
Por eso lo indicado es dejar una delgada zona de la conciencia
a cargo de esa tarea y lanzar el resto
a la plenitud de los poderes nocturnos
con la certeza siempre de que en ellos
hemos de errar sin sosiego sin cuidar que allí
acecha una falacia porque no existe prueba
de que nadie haya podido evitar el regreso.

autógrafo
Álvaro Mutis


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