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    VISITA DE LA LLUVIA

Ocurre así la lluvia
Aurelio Arturo

Llega de repente la lluvia, instala sus huestes, minuciosos guerreros de seda y sueño.
Salta gozosa en los tejados, desciende por los canalones en precipitada algarabía;
comienza la gran fiesta de las aguas en viaje que establecen su transitorio dominio y de la mano nos llevan a regiones que el tiempo había sepultado, al parecer, para siempre:

allí nos esperan
la fiebre de la infancia,
la lenta convalecencia en tardes de un otoño incesante,
los amores que se prometían sin término,
los duelos en la familia,
los húmedos funerales en el campo,
el tren detenido ante el viaducto que arrastró la creciente,
los insectos zumbando en el vagón donde nos sorprendió el alba,
las historias de piratas codiciosos, de malayos que degüellan en silencio, de viajes al Polo, de tormentas devastadoras e islas afortunadas;
nuestros padres, jóvenes, mucho más jóvenes que nosotros ahora, que la lluvia rescata de su parda ceniza sin edad, de su callado trabajo mineral
e irrumpen vestidos de risa y gestos juveniles.

Qué bendición la lluvia, qué intacta maravilla su paso sorpresivo y bienhechor que nos preserva del olvido y de la mansa rutina sin memoria.
Con qué gozo transparente nos instalamos en su imperio de palios vegetales y con cuanta construida resignación la escuchamos callar pausadamente, alejarse y regresar por un instante, hasta que nos abandona en medio de un lavado de silencio, de un ámbito recién inaugurado que invade el presente con sus turbias materias en derrota, su cortejo de pálidas convicciones, de costumbres donde no cabe la esperanza.
Recordemos siempre esta visita de la lluvia. Cerrados los ojos, tratemos de evocar su vocerío y asistamos de nuevo a la victoria de sus huestes que, por un instante, derrotan a la muerte.

autógrafo
Álvaro Mutis


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