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        AMOR IDEAL
            A ***

                  I

¡Santo cielo! ¿Quién diría
que tan grande amor sintiera,
que ardiente llanto vertiera
por ti, de noche y de día?
En mi existencia sombría
un infierno has colocado;
porque en mi ser desgraciado
despertaron tus miradas,
ilusiones olvidadas
en la tumba del pasado.

                  II

Sin fe, sin luz ni emociones,
desgraciado y orgulloso,
llegué a la edad del reposo
burlando las ilusiones;
pero al verte, mis pasiones
sacudieron su beleño,
porque sentí con empeño
la sed de amor infinito,
y ardió mi cráneo maldito
con la fiebre del ensueño.

                  III

Sufriendo, la muerte llamo,
la vida me desespera;
porque a ti, ¡quién lo creyera!
más que a mis hijos te amo.
Desde que en amor me inflamo,
todo gira indiferente;
pienso en ti exclusivamente
y soy con ellos mal padre...
tú, mujer, tú que eres madre,
¿comprendes mi amor ingente?

                  IV

¿Por qué te amo? —No lo sé.
¿Quién eres tú? No pregunto;
sólo sé que desde el punto
en que te vi, te adoré.
Por mi mal adiviné
que a tu alma huérfana, sola,
bárbaro destino inmola,
y te di mi fe profunda;
porque a tu frente circunda
del martirio la aureola.

                  V

Te amo con idolatría,
te amo hasta la timidez,
te amo, como en la niñez
amé a la Virgen María.
Aunque es mi pasión impía,
la esperanza que acariño
es casta como el armiño
y como el fuego quemante;
porque tengo alma gigante,
pero corazón de niño.

                  VI

Siempre te veo... ¿lo creerás?
huyéndote siempre estoy:
a donde tú vas yo voy,
y voy cuando ya te vas,
donde estuviste y no estás,
triste, silencioso, aislado,
permanezco allí extasiado
en aparente sosiego,
y, al fin, con lágrimas riego
la tierra que tú has pisado.

                  VII

Cuando no sales, señora,
temo ya no verte nunca,
y queda mi vida trunca
como noche sin aurora.
Triste, cual niño que llora
cuando huérfano despierta,
veo la calle tan desierta
por donde pasas día a día,
como la cuna vacía
que deja una hija muerta.

                  VIII

Intento darme la muerte,
porque a los muertos envidio;
pero me espanta el suicidio,
porque morir es no verte.
Si del cadáver inerte
el muerto cráneo soñara
y el corazón palpitara,
te juro, mujer preciosa,
que entre el polvo de mi fosa
un altar te levantara.

                  IX

Si existiere un más allá
de gloria o condenación,
mi volcánica pasión,
eterna, eterna será;
y si Dios justo, quizá
por lo que sufro y sufrí
me reserva gloria a mí,
yo, que jamás he rogado,
le rogaré arrodillado
que te dé mi gloria a ti.

                  X

Basta ya... secreto lloro
comprendo que tu existencia
destruye, y en la impotencia
tu horrible pena deploro.
¡Adiós, mártir!... yo te adoro;
pero ya no te lo digo,
porque pobre, sin abrigo,
sólo tengo ¡maldición!
lágrimas del corazón
para verterlas contigo.

Antonio Plaza Llamas


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