ABROJOS

            I

Siempre desgraciado fui;
desde mi pequeña cuna,
a la incansable fortuna
de juguete le serví;
la noche en que yo nací
tronaba la tempestad,
y alaridos de ansiedad
la gente aturdida alzaba;
porque el cólera sembraba
el terror y la orfandad.

            II

¡La niñez! —edad que vela
el ángel de las sonrisas,
y entre flores, juego y brisas
sin sentir el tiempo vuela—
Esa edad amarga estela
dejó sobre mar de llanto;
porque sufrí tanto, tanto,
en aquella edad de armiño,
que en mis recuerdos de niño
comienza mi desencanto.

            III

Vino después otra edad,
y pasiones irritantes
se alzaron, como bramantes
olas, en la tempestad.
Mas desbordé en la maldad,
cual se desborda un torrente,
y entre crápula indecente,
y en indecentes amores,
sequé del alma las flores,
cubrí de sombra la frente.

            IV

En mi tormento prolijo,
al cielo a veces acudo;
pero ¡ay! el cielo está mudo
para el hombre a quien maldijo.
En vano, en vano me aflijo
por la esperanza extinguida,
y aunque mi ya envejecida
frente, de pesar se abrasa,
no vuelve la edad que pasa,
ni vuelve la fe perdida.

            V

Tiene luto el corazón
como de noche el desierto,
y, como toque de muerto,
tristes mis cantares son.
Es fúnebre panteón
la fatigada memoria,
donde en ánfora mortuoria
vino el tiempo a recoger
las imágenes que ayer
fueron el sol de mi gloria.

            VI

Nutre incisivo sarcasmo
mi sonrisa de amargura,
y es el pecho sepultura
donde yace el entusiasmo.
Presa de horrible marasmo
desfallece el alma impía;
y en fatal melancolía,
y en estúpido quietismo,
parece que en mi ser mismo
hay un germen de agonía.

            VII

Inclino con desaliento,
entre brumas de tristeza,
la encanecida cabeza
que rasa el remordimiento.
Y hostigado hasta el tormento,
de la mundana balumba,
grito, con voz que retumba
cual rayo que lumbre vierte:
¡Ábreme tus brazos, muerte!
¡Trágate mi cuerpo, tumba!

Antonio Plaza Llamas


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