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        LOS NAVEGANTES

A Luis Felipe Blanco Meaño

¡Qué ciencia tan rebelde, hermano mío,
es esta ciencia
de saber renunciar!
Te escribo junto al mar; hay un navío
que está dejando el puerto; es la evidencia
de una cosa terrestre que se resigna al mar.

No sé por qué esa vela
me dice tanto de mi propia vida;
la miro sobre el mar y paralela
a la estela que deja su partida,
va dejando en mi espíritu otra estela.
No sé por qué me inclino
a asociar a mis cosas el éxodo marino.

Aquel patrón que va cantando a popa,
quizá dejó en su casa una mujer.
¿Europa? ?Nueva York? ¿Qué vale Europa
para aquel marinero que renuncia a querer?

¿Recuerdas la muchacha que tanto bien te hizo
y tanto mal?, aquella muchacha que fue toda
mi juventud; el talle pujante, noble el rizo
y el haber extenuado, como velo de boda...

Pues bien, ya se ha marchado;
anoche salió un buque para un mundo distante;
ella embarcó, yo estaba con ella y a su lado
sentía ya la ausencia total del emigrante.
Hablamos en la borda, viendo al puerto:
Ella se marcha para no volver;
es necesario renunciar, es cierto,
pero no debe ser.

Nos despedimos, y su mano
entre las mías quiso acurrucarse,
como si en su terror por lo lejano
buscara algún rincón donde quedarse.

Me dio una rosa y luego, pesada y silenciosa,
se desprendió la nave;
¡tuve un ansia de alas!, mas deshojé la rosa
con la crueldad de quien despluma un ave.

Y me fui por la playa. Hacia el abismo,
la noche era más noche tal vez; acaso el mismo
mar aporta otra noche a la noche del cielo;
había en el silencio de mi duelo
la quietud que sucede al cataclismo.

De súbito, a lo lejos
apareció el navío a todo andar,
cien luces en el casco, cien en los aparejos,
y allá en el horizonte, mentían sus reflejos
una constelación que roza el mar.

Y yo veía
desde mi lejanía
brillar aquellas luces en el confín siniestro,
con una sed de lucha, de agresión, de castigo,
como se ve a lo lejos la luz de un pueblo nuestro
que nos haya tomado el enemigo.

Pero es inútil; esto era preciso
y además, todo está muy bien;
si vino, Dios lo quiso;
ahora que la pierdo, Dios lo querrá también.

Debe ser justo, pero yo que quiero
tanto aquella mujer que se me ha ido,
aunque pienso que Dios es justiciero,
pienso que Dios es justo porque nunca ha querido

Ya ha despertado el día,
el mar se tiñe del amanecer,
y yo aquí, todavía,
queriendo ver lo que no puedo ver.

El barco no se ve, mas lo presiente
mi ser, polarizado hacia el Oriente.
Mi terca rebelión todo lo abarca,
por sobre el mar, tras su visión me pierdo
y así desde mi playa hasta su barca
¡prolonga su península el Recuerdo!

Pero estoy en la playa bruta y desafiadora,
sin nada que me endulce lo amargo de esta hora,
sin árbol ni remanso, sin más dolor que el mío...
¡Qué bien, Señor, me sentiría ahora
si junto a mí desembocara un río!...

1923



Andrés Eloy Blanco


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