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        VELADAS DE CONFESIÓN 1

A Napoleón Azebedo

Y ahora hablemos algo de mi dolor, María
de este dolor extraño, mezcla de bien y mal
de esta nieve perenne, de angustia y de agonía
que cae sobre las rosas de mi enfermo rosal.

¿Decís que es una farsa mi pesar? La careta
de mis horas alegres es engaño en verdad;
este poeta oculta muy bien a otro poeta
que aspira en el silencio su rosa de impiedad.

Una máscara horrenda quizá de algún payaso
disimula mi espíritu de bandido español
pues aunque vivo siempre mi realidad de ocaso
en mis días de fiesta me disfrazo de sol.

¡Es verdad; mis jardines son nuevos todavía,
pero no es de esperanza la paz de su verdor...
un verdor de cipreses y de sauces, María,
decora el cementerio de mi vida interior!...

Tal vez un atavismo remotísimo inquieta
la paz de mi ilusorio convento soñador;
¿será que tengo sangre de loco o de poeta?
Yo siento por mis venas sed de Conquistador...

¿Sé yo acaso si vengo de un conde castellano,
de un Álvaro de Luna o un Lope de Alarcón,
de algún estrangulado, rebelde luterano,
o de algún convencido fraile de inquisición?

Sólo sé que tengo algo de un rudo aventurero
que fundó en estas tierras un reino por León,
y al indio que encarnaba la patria en su plumero
en el nombre de Cristo le partió el corazón.

¡Segundón y cristiano y esclavizó la tierra
con la cruz en los labios y en recio batallar
y a la Cruz adoraba, porque en noches de guerra
en su espada vibrante la sentía temblar!

La historia de sus títulos es férrea y sanguinaria:
compró su marquesado, mi abuelo, el segundón,
con alguna estocada traidora y mercenaria
por la que un rey le diera la flor de su blasón.

No sé si de aquel bravo marqués surgió el conjuro;
quizá el hacha del indio, menos vil que el puñal,
buriló contra el bronce de su pecho perjuro
la roja flor de un surco... y aquel grito mortal,

el grito doloroso de mi raza caída
se yergue entre los siglos como una maldición,
y entona en mi cerebro su venganza homicida
celebrando la Pascua de su Resurrección...

Quizá el Destino quiso despertar en mi oído
los horrores del crimen del Marqués segundón,
y en un surco, la cólera del cacique vencido,
sembró el germen sagrado de mi nuevo blasón.

Yo siento los encantos de una dulce armonía:
mi alma de niño, tiene dulzuras de pastor...
¡si vierais, si escucharais mi celeste alegría
cuando todo es en mi alma trino de ruiseñor!...

pero en mis horas trágicas, lo juro por mi nombre,
¡Señora! un cruel delirio me acomete mortal:
¡y no adoro más vino que la sangre de un hombre,
ni venero más cruces que la cruz de un puñal!...



Andrés Eloy Blanco


1 El Universal, Caracas, 21 de agosto de 1916, p. 5


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