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  PRENDIMIENTO DE JÓVITO VILLALBA EN LA ESQUINA DE PEINERO 1

Peinillas peinan pálidas la esquina de Peinero;
Sayago, el Yago, llega, llevando el yugo vil.
Trajeron atrapado tras truco traicionero
a Barrios, bravo brote de la brega de abril.

La calle calla y llora; con lluvia llega el alba;
grotesca grey disgrega los grupos en agraz
trasudan tras el trasgo de Jóvito Villalba
prenda proal y prófuga del Prefecto procaz.

Huye Villalba; lleva, no ayuda de caudillo,
sino mano de amigos que miramos mejor
por eso va a su lado el Sacristán Cepillo,
mal cura y mal poeta, mal paso y mal color.

Los linces les alcanzan; colinda linda el alba.
La jeta del genízaro jadeante gimoteó
y díjole: —Usted, joven, ¿es Jóvito Villalba?
—y el largo líder lánzale con limpia lengua: —No.

El chácharo confía, pero insiste sencillo.
—No soy Villalba, amigo —reafirma el orador,
y por dar más confianza, viendo a Cepillo
—Si quiere convencerse, pregúntele al señor.

La bestia mira al fraile, le ve cenizo el cuero,
lo ve temblando todo, sin ánimo y sin fe
y airado le pregunta: —¿Quién es su compañero?—
y el triste trastabilla: —¡No sé, no sé, no sé!...

Con grillos los tobillos, Villalba en el Castillo
recuerda al viejo amigo que se tragó el valor:
—Ya será Diputado mi Sacristán Cepillo,
mal cura y mal poeta, mal paso y mal color.

¡Oh días del 28, año del claro gesto!
ya nada nos recuerda la límpida sanción
para premiar aquello nos ha llegado esto:
la liebre en el Congreso, desterrado el león.

Gracista congresante, sin gracia en el gracejo,
sin sal en el salero, sin luz en el farol,
logró sólo un regaño con aquel chiste viejo
que hablaba de que “hablaban afuera del perol”.

Poeta fracasado, se espina y se enquinina,
sacristanesca orobia frente al guapo quemó;
Cepillo es una vaina de la espada de Urbina,
pero esto ha sido luego que Gregorio murió.

Porque ayer cuando Urbina vino de Curazao
con sus gentes armadas de voluntad y fe,
el sacristán “asao”, Cepillo el amargao,
¿venía con Urbina? ¡No sé, no sé, no sé!...

Clausure sus clamores el clásico cepillo,
cloróticas clepsidras evocan la hora vil
de claudicante clueca que clausuró en Castillo
a Jóvito Villalba, claro clarín de abril.

Y si hoy le preguntaran al que le dio su voto:
—¿Por qué lo has elegido, respóndeme por qué?
—confuso e inconexo, formando un alboroto,
como él respondería: —¡No sé, no sé, no sé!...



Andrés Eloy Blanco


1 Original manuscrito. Biblioteca Nacional. Firmado con el seudónimo Federico García Lo Ahorca.


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