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        ORACIÓN DEL SÁBADO

            (MI PADRE)

¡Me complace tanto,
Padre mío muerto,
poner al frente de mi Canto
a tu memoria suprema
aquel símbolo del árbol en el puerto,
que tanto amabas al principio de mi Poema!
El viejo símbolo del tronco junto al mar
o de la columna derribada
es más simple para quien quiere cantar
sin inventar nada.
Recuerdo... eso es todo: visión
del buen tiempo tuyo sobre el mar de Occidente...
Yo me hundí hasta los hombros en el Mar de Colón
y tu luz estaba en mi frente...

Entonces tenías tronco seco,
Padre, pero en el cielo la cerviz;
ahora te has plegado en ti mismo hasta el hueco
y eres sólo raíz.

Blanca la copa era y móvil en el viento
y dulce y ágil tu verdad
y ahora es lo más triste de tu eterno momento
la retama de la inmovilidad.

Recuerdo... ése es todo mi Canto,
Padre, fugaz como una estela,
un camino que va del camposanto
a la Escuela.

Te recuerdo, joven y fuerte,
con cierta amargura transitoria;
—tu buena madre murió al tenerte
y eso no se borró de tu memoria—.

Eras Poeta y Médico y no es raro
que fueras algo loco;
escribiste un soneto a Bolívar, muy bello;
eras Poeta... ¡claro!
de ti me viene un poco
de “aquello”...

Fuiste el discípulo amado
del Colegio de la Ascensión
que hoy tiene en la puerta un soldado
y en el patio una guarnición.

En una plaza amarilla de abrojos,
Rector de tu Colegio, diste el latín y el griego,
diste luz, Tú, y un mal saltó a tus ojos
y por poco te deja ciego.

Amabas tu golfo y tu cielo
y el pueblo chiquitín donde naciste
donde está la tumba de mi abuelo
y de mi abuela que no conociste.

Pasó el caballo de la Guerra
por mi casa y le brincaste al anca
y diste tu pan y tu tierra
por una bandera blanca.
Fuiste a la cárcel; yo te vi
una vez en tu calabozo:
tu Virtud sonreía allí
como un lucero en un pozo.
Mi hermano te llevaba la comida; las fieras
te decomisaron las barajas
y en los campos con las banderas
blancas hacían mortajas.

Después te confinaron a la Isla y la amaste
como lo amaste todo, la libertad y el cautiverio,
y a los cinco años le sembraste
la flor de una hija en el cementerio.

Cuando vinimos aquí ya eras magro
como un principio y dulce y grave y yermo
y te metías como un milagro
entre la casa del enfermo.

Eras sabio y te bebías
la noche, como un estudiante,
sabiendo más todos los días
y amando mucho más a cada instante.

¡La Ciencia! Tu Ciencia era la calma
de una esperanza superior,
la bigamia de tu alma
que compartía nuestro amor.
Y nunca la ejerciste rudo y con suficiencia,
tú eras un ansia de saber para curar;
espiar a Dios era tu Ciencia:
alzar una cortina con sigilo y mirar...

Junto al enfermo se te sentía
Apóstol; tu sonrisa curaba cada día
más que la Ciencia acaso; ¡cuántas veces la yema
de tu dedo en el pulso adivinó la Muerte!,
pero en tu rostro manso la sonrisa suprema
daba una fe tan grande, que curabas con verte.

¡Sobre cuánto corazón
tu cabeza blanca fue a auscultar la vida!
¡Tu cabeza de algodón
sobre el corazón de la herida!

Pero donde eras más santo
era curando a un niño;
tus manos se aniñaban para no dar quebranto;
para auscultarle el pecho sin provocarle el llanto
le dabas de juguete tu cabeza de armiño...

Y te estabas frente al cuerpecillo
del niño que no habla, descubriendo su mal
y dabas vueltas a tu anillo
e ibas viendo con tu celestial
virtud de adivinación
en el globo del cuerpo de cristal
el pez rojo del corazón.

Padre, en la Cátedra tu dulce verbo era
la metáfora de la corriente
que lleva flores en la cabecera
y las deja encalladas en el pilar del puente,
para que las recoja la pasajera
y el profesor omnisapiente,
y el traficante que va de carrera,
y el novio ausente,
y la hija de cualquiera,
y el hijo de toda la gente,
y el estudiante calavera,
y la mano nevada por el jabón reciente
de la muchacha lavandera
que encuentra florecida su espuma de repente.

Padre mío, perpendicular al suelo,
luminoso de canas,
como el sol en medio del cielo,
a plomo sobre las sabanas.

¡Amigo mío, sin paralelo,
amigo sin codicia y sin celo,
amigo de todas las tardes y de todas las mañanas!

Tu amistad era de modo
que tu amigo era bronce si tu amigo era lodo;
tú no tenías sino amor para todo.

Al noble compañero que te dio la mano
le quisiste como a tu hermano
y al que tuvo el corazón incapaz
le diste el tuyo y le dejaste en paz.

Gozaste la delicia de vivir ignorado
y ésa era tu soberana vanidad,
la vanidad de sentirte honrado
y de decir la verdad.

Padre mío, me amaste como a Dios en la vida,
con un amor inmaterial;
me quisiste Poeta; no te importó la herida
que pudiera dejarme el mal;
podía tanto tu razón suspendida
a lo espiritual
que me querías pobre, pero Poeta... Asida
tu mano a mi hombro en mi noche triunfal,
me dijiste, llorando tu delicia escondida:
—Tú eres mi orgullo y mi caudal...

Y ahora encuentro en todo mi nombre en tus papeles
y un verso mío a cada paso
y el laurel de todos mis laureles
es ese orgullo tuyo de tu vino en mi vaso.

He buscado en tus ropas. ¡Y encontré tantas cosas
tuyas!... recetas; el reloj; mi retrato;
medallas; un pañuelo de seda oliendo a rosas;
cuentas, facturas, prosas,
alguna carta que te dio un mal rato,
un rosario pequeño de Limpias o de Roma
y aquellos versos que algún día
tendrá que agradecer a tu energía
todo varón que el propio pan se coma...

Y en un bolsillo estaba
—¡oh Padre, buen amigo!—
con la calderilla para el mendigo
el guante de la mano que la daba.

Estabas floreciendo de nuevo en estos días,
Padre; soñabas un mes en la Riviera,
suspirabas por el París de tus alegrías,
Sevilla en días santos o Italia en Primavera.
No adivinaste que te morías
y moriste de pronto, sin saberlo siquiera...

Dios dormía esa noche, porque de otra manera
aquí, en tu silla larga, junto al patio estarías...

En una misma cama se han dormido
mi madre y mis hermanas. Todo es negro en el lecho
y el llanto entresoñado tiene el mismo latido
de aquel buen corazón que se paró en tu pecho.
Su orfandad es tan mansa
que parece la sombra de tu luz que descansa.
Y allí duerme la Madre, la hermosa novia aquella
que junto al mar te enamoró
y una noche tal vez, bajo una estrella,
soñó en un hijo tuyo, poeta, como yo...
En la casa de luto
se cerró la ventana, se amortiguó la planta;
nada ha sabido el turpial disoluto
y canta más porque más nadie canta...

Sí, Padre Mío, canto yo... por cuanto
cantamos dos, es cierto,
como si tú estuvieras floreciendo en el puerto
y el ave y yo nos complacemos tanto
que el turpial en tus ramas va a comenzar un canto
y yo, abrazado al tronco de mi símbolo muerto,
morderé, Padre mío, la raíz de mi llanto...

Caracas, febrero de 1927.



Andrés Eloy Blanco


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