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        CONGRESO

El diputado de los mineros
había hablado con una lenta voz zapadora;
el diputado de los tejedores
dijo cosas sutiles con lengua de telar;
un diputado agrario
abogó por las tierras olvidadas
y su oración se hincaba en sustantivos jugosos
con esguace de reja.

Y se alzó el diputado
de los Jardines de la Infancia
—un compañero de diez años
con rizos hasta los hombros
y ojos anchos como dos sustos—.

Dijo el derecho de las mariposas,
pidió el desarme de la cometa pirata
y reclamó el sueño de diez horas.

Su voz era una niña que saltaba la cuerda;
daba patadas en el suelo
y terminó pidiendo para los jardines
ancianos con cuentos nuevos.

El compañero se sentó, bostezando,
y su moción se aprobó sin reservas.

Las derechas socialistas
estuvieron dos horas tiroteando el Congreso.

El diputado del mar
salpicaba de sal al diputado del cielo.
El diputado de los Jardines de la Infancia
dormía.

Ya al oscurecer,
un bravo campesino
exclamó:
—¡Compañeros!
¡El diputado de los niños
se ha orinado en su asiento!—

Todos callaron respetuosamente
y una canción de madre atravesó el Congreso.



Andrés Eloy Blanco


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