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        EL EXTRAÑO

El hombre que amaba la soledad,
el que no amaba las plazas
ni las avenidas vivientes,
el hombre que buscó el don de extranjería,
el que llegaba y era
el forastero de todos los muelles,
pasó anoche llorando.

Iba hacia el salto de las olas,
espantado,
de no ser extranjero en ningún sitio,
de escucharse su voz en las lenguas de todos,
de ver caer en él las miradas
con llaneza de mano sobre un hombro.

Iba hacia el mar, pero en el mar, el hombre
se vio surcado, traficado,
descubierto de polo a polo
en su alma, ganada de navegaciones.

Volvió a la plaza
y en los brazos de la muchedumbre
se dio por fin con arribo de ola.



Andrés Eloy Blanco


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