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        LA MAR

Otra vez, compañeros,
cuando creíamos
estar ya para siempre con la tierra,
he aquí que la mar nos ha ganado.
He aquí que nos cambian de prisión
y nos traen al Castillo que está en mitad del agua,
bañado de olas verdes y de humo y de espuma,
y de llamadas de vapores grises
y de bocanadas de movimiento
y de zarpadas lentas y calurosas.
He aquí que aspiramos
buches de zafarrancho y de piratería;
he aquí que los lomos sudan la mala brea
bajo el sol calafate
y las drizas nerviosas
y la arboladura de los brazos
crujen ya al ondear de las melenas
zafadas como estayes en el tumbo del viento.

Henos aquí en la mar,
a bordo del Castillo que ha de levar las anclas
con sus cien hombres que aman la mar,
con sus cien mástiles embanderados de gritos.
Henos aquí, compañeros,
esperando la hora en que el Castillo zarpe
y echemos por las bordas el lastre de los grillos
y el gran barco de piedra ponga proa a la costa
y ande sobre los montes como sobre olas verdes,
hasta arriarnos a todos entre las muchedumbres,
entre las muchedumbres combatientes
entre las muchedumbres ya pagadas,
entre las muchedumbres ya tranquilas,
saciadas de justicia, silenciosa de gesto,
entre las muchedumbres sosegadas de playa,
gravemente amainadas, como la mar de un puerto.



Andrés Eloy Blanco


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