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  LOS GRILLOS ME HAN HECHO CALLOS

Por la mañana me encuentro
la sábana a media pierna.
—¡Qué frío hace!
—dicen todos, y se meten
entre burbujas de trapo.

Pero yo no siento frío,
ni calor, ni piel siquiera;
los grillos me han hecho callos
en las piernas.

La reja se vuelve arado
sobre el cielo de la puerta
y ya el tablón de la noche
retoña copa y candela.
Vienen olores de casas
y de gentes que trafican,
vahos de luz de ciudad
suben y se podrían mirar.

Pero yo no veo nada
sobre el surco de la reja
en flor de luces y copos
los grillos me han hecho callos
en los ojos.

Andan cantos de soldados
rondando por las terrazas;
oyéndolos, bien podría
gustarse un poco de calle,
un poco de serenata,
de novia,
de excursiones por la noche,
bajo árboles,
junto a ríos injertados
con guitarras.
Oyéndolos, bien podría
cantarse un poco la noche.

Pero yo no canto nada
ni recuerdo mi canción,
los grillos me han hecho callos
en la voz.

Alguien se queja: algún preso,
un moribundo, una ola;
tal vez un poco más lejos
se queja la muchedumbre.

Duele un dolor de pobladas,
duele un dolor de dolores;
alguien se queja; en la queja
se quejan millones de hombres.

Esta noche se podría
llorar;
en esta noche tan clara,
tal vez se podría hacer
mejor que nunca una lágrima.

Pero yo no lloro nunca;
los grillos me han hecho callos
en la Angustia.

Callar... Se ha puesto la noche
como para estarse en ella
entre callado y dormido,
callado, quieto, callado...
destilado gota a gota,
desleído sueño a sueño,
marchado por una arena
de recuerdos.

Se podría estar callado,
callado... ¡pero no puedo!
Los grillos le han hecho callos
al Silencio.

Castillo de Puerto Cabello, 1931



Andrés Eloy Blanco


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