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        ABEL Y SU CASA

    IDENTIFICACIÓN DE LA CASA Y EL HOMBRE

La casa de Abel era la casa
para que Abel naciera;
no fue casualidad
que Abel naciera en ella.
Tampoco fue capricho
que Jesús naciera en un establo,
en el hueco de los vagidos
que dejó el parto de las vacas
pegadas a la tierra.

Tampoco fue capricho
que Abel hiciera prosperar los pastos
y sus ganados estuvieran gordos
y su canto saciara el hambre de los pájaros.

Tampoco fue capricho
que Abel saliera aquella tarde al campo
y lo mataran en su hora:
una hora que hicieron no más para matarlo.

La ciudad está en Sucre y Sucre en ella;
casa y hombre tienen un solo camino
parado en la puerta.

Abel va caminando con su casa en los hombros
y es el viaje del caracol.

La órbita común los desovilla
en un solo destino de pista
en torno al mismo centro sideral de dolor.

Pero hay la yema de un dedo que empuja
y una mirada que entiende su obligación de empujar.
Por eso hay precipicios en la marcha del Héroe
y hondonadas en la marcha de la ciudad.
En el designio que los elige,
héroe y ciudad caminan;
en el destino paralelo,
ella tiene fidelidad de esposa bíblica.

Cosmogónica fidelidad:
ambos en riesgo de derribamiento
y en los dos, algo nocturno para la aurora final.



Andrés Eloy Blanco


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La casa de Abel