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        CANTO A AMÉRICA

            CANTO IV

Es el agua primera en la primera caverna;
es el agua que horada sus primeros cauces;
liso, bruñido, el suelo hacia la sombra interna
es una lengua entre unas fauces.

El inédito duerme; es potencia e infancia
recién hechas del barro: el Hombre de la piedra.
El encrespado pecho rezuma una fragancia
de tierra primeriza. Despierta con un salto.
Ya en pie, afirma la cúpula de su puntal de basalto
su gran cabeza nueva, vegetada de yedra.

Gusano de oro, viene por el suelo,
desde la entrada que da al Oriente,
una gota de sol, del primer sol del cielo,
de cuando se partió en ríos la Noche
y la Luz tendió el primer puente.

El Hombre se retira
con el primer miedo, hacia el hueco profundo,
pero se vuelve con la primera ira
y aplasta con el pie el primer Sol del mundo.

Pero al poner la planta, el hombre ve
que la luz le atraviesa el pie.

Y avanza y avanza hacia ella;
la luz sube por su estatura,
la luz le va clavando una estrella
en cada punto de carne que la inaugura.

Ya está afuera, en el campo, ante la luz del Universo:
el Sol todo lo patentiza
y le hace ver a la sombra de su alto cuerpo inverso
pintada en la tierra caliza.

Y es el asombro de la primera visión
y de mirar el propio movimiento.
El Hombre de la piedra horada la razón
hacia la mina del pensamiento.

Cuando Él se mueve, la sombra le imita: el brazo tiende
y un brazo negro se tiende en el muro;
encorvada la espalda que el sol en mil gotas enciende
y se achata en la piedra el hombre oscuro.

Súbito grita, ríe, busca en torno
un carbón; y va hacia la sombra. Y pinta
en el lienzo de cal su propio contorno,
y se aparta, gozoso de su numen encinta.

Pero de la silueta inmóvil se ha escapado
la otra sombra, su sombra, que no pudo apresar
en el lindero que ha trazado
—fantasía sin freno, sombra sin valladar—
y se pinta otra vez al lado
y la sombra rebelde se escapa sin cesar…

¿No puede, oh Santo Numen, oh Santa Inquietud, quién
sujetará en fronteras tu divino vaivén?
¡Oh Fantasía, entonces y mañana y después!
La sombra que no encaja en lo previsto
y la luz que atraviesa los pies
como el clavo los pies de Cristo.

Reciente y solitario el Hombre fuerte,
vencido junto al Numen, más largo que la Muerte;
y allí, en guerra con su propia mudez,
en guerra con su propia guerra,
está abrazado al suelo, por la primera vez
el hombre de la Tierra que se busca en la tierra.



Andrés Eloy Blanco


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