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        CLASE

Aquí estamos el hombre, la mujer y los niños
para dar una clase de distancia y presencia,
con un recuerdo que haga llegar el horizonte
hasta las manos, por un mar de alberca,
con una voz de pálido regreso
que se traiga la playa entre las velas,
con un amor de golfo madrugado
que en el playero caracol se tuerza,
con un dar y tomar de niño y patria
sobre una ola azul que vaya y vuelva
el nelumbio de adiós de mis riberas
y un sureste que traiga entre las manos
y una nube de allá como una hamaca
de relevada carga en que se mezan
el canto de mis hijos, cuando vaya,
y el olor de la patria, cuando vuelva.
Ayer la geografía era presente y viva,
ayer sólo la historia era pretérita.
Hoy, ya, para nosotros, geografía es historia,
un recuerdo de un niño que escribía en la arena,
algo de cuna y río, de golfo y cementerio,
una gota de agua sobre una hoja seca,
una balandra que soñó un gran viaje
y envejeció lavándose las velas.

Los cuatro que aquí estamos
nacimos en la misma tierra,
la del pueblo elegido
para llenar de tumbas y de patrias a América,
la de adelante en viajes a Judá o a la Cólquida,
de una vez argonauta y cananea.

Canaán, y sus hijos Israel, escogidos
para andar repartiendo libertad a las tierras:
con las uñas cavaron, con la sangre regaron
los huesos de su siembra
y al fin, de patria a patria
se pasaban la fruta que le faltaba a ella.
Los cuatro que aquí estamos
nacimos en la pura tierra de Venezuela,
la del signo del Éxodo, la madre de Bolívar
y de Sucre y de Bello y de Urdaneta
y de Gual y de Vargas y del millón de grandes,
más poblada en la gloria que en la tierra,
la que algo tiene y nadie sabe dónde,
si en la leche, en la sangre o la placenta,
que el hijo vil se le eterniza adentro
y el hijo grande se le muere afuera.
Se van a libertar, por tierra y agua,
a pelear con las armas y las letras
y alguna vez embarcan las miradas
hacia el rincón del mar donde está Ella,
más difícil que un pozo en el desierto,
más bella que un amor en primavera.
y todo comenzó en Coquivacoa,
el signo de sus hijos y el de Ella:
le encontraron las casas metidas entre el agua
y de allí le quedaron los viajes en las venas.

Pero aquí estamos cerca de los hijos,
para darles la Patria como es buena,
para darles la Patria sin dolor de palabra,
como se dan las patrias, sin mojar sus ojeras,
como se dan los ojos, sin cortarles el día,
como se da la noche, sin cortarle la estrella,
como se da la tierra, sin cortarle los árboles,
como se dan los árboles, sin cortarles la tierra.
Y hablar así, a los hijos, de la Patria lejana,
en una clase clara, con la ventana abierta:
Los cuatro que aquí estamos
nacimos en la pura tierra de Venezuela;
amamos a Bolívar como a la vida misma
y al pueblo de Bolívar más que a la vida entera
y a Venezuela, inalcanzable y pura,
sabemos ir por el «bendita seas».



Andrés Eloy Blanco


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Canto a los hijos