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        COLOQUIO BAJO LA ACACIA

Y cuando se tienen todos los hijos de la tierra
se tiene un hijo, un solo hijo, la plenitud del hijo,
se tiene un hijo en dos o en mil o en uno
y se dice «hijos míos» o «hijo mío»,
Hijo, en función de toda la soledad del mundo,
Niño a la vez y humanidad del Niño;
mi niño en dos, mi niño solitario
como la muchedumbre de los hijos,
la humanidad de hoy, en una cesta
y en la mitad del Nilo.
Hijo mío, que eres
mis dos hijos, a un tiempo con el hijo infinito,
igual que en el encaje del Misterio
el Hijo es uno con el Santo Espíritu
y en Ellos y en Él están enteros
los irredentos y los redimidos.

En tus dos corazones, como si fueran uno,
de este modo te amo, hijo mío, hijos míos,
inseparables e innumerables,
uno en los dos y en ellos el Universo niño.
Y amo a la tierra y quiero una tierra inocente
para que la vivan mis hijos;
quiero un mundo en los brazos de una siesta de paz,
para que lo arrullen mis hijos,
un mar estremecido de amantes travesías,
para que lo surquen mis hijos,
un bosque acribillado de veredas de amor,
para que se internen mis hijos,
una montaña alta, como una idea pura,
para que piensen mis hijos,
el aire puro y pura la palabra del agua,
para que canten mis hijos,
la humanidad y la naturaleza
puras, como mis hijos.

Hijo mío, te quiero.
como quisiera al mundo en que he sufrido:
bajo el sol de la paz y la justicia
el hombre del amor y del principio;
un planeta que cuelgue como fruta del cielo
y se lleve como el Niño Jesús lo lleva, tan tranquilo,
porque sabe que en ése que él sostiene en su mano,
el blanco quiere al negro y ama al chino.
Sobre un planeta justo, un hombre justiciero,
sobre un seno, un pezón de leche y de cariño,
todo un planeta y más, casi una estrella,
y un hombre, todo un hombre, casi un niño.

Así te amo, en esa forma os amo,
hijo mío, hijos míos,
pero no sé si estará bien que venga
poniendo condiciones al destino;
yo os quiero como sois; quizá más tarde os quiera
como queráis vosotros mismos;
por hoy, es suficiente con teneros al lado
porque si no os tuviera al lado mío,
ya no sería más que una voz en la calle,
pregón de adiós de un vendedor de olvidos.



Andrés Eloy Blanco


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