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    MAÑANITA BAJÉ AL HUERTO...

...¡Oh, qué frasco de sombras!
¡Qué triunfo de alegría
mañanera!

Ya la Aurora,
toda desnuda y riente,
y con su faz ruborosa,
en los ojos me besaba
¡como si fuese mi novia!
Nuevo Romero en mi ensueño,
me despertaba la alondra...
Yo vagué buscando rimas
en las flores olorosas,
cazando sonetos ígneos
en el dulzor de las pomas,
¡y robando madrigales
a la fuente jubilosa!
Me acerqué a la rosaleda
encendida y voluptuosa
y les di mis buenos días
inefables a las rosas...
¡Oh, qué dolor! Junto a ellas,
estaba una vida rota:
...aquel bello pajarito
de canción maravillosa
que ofrendaba sus sonatas
como un trovador a sus trovas;
aquel áureo pajarillo
que casi todas las horas,
—peregrino de los aires—
llegaba en lírica ronda
con su colección de rimas
incesantes y harmoniosas;
aquel sideral poeta
no diría ya las trovas
que en mil perlas desgranábanse
sobre el almas de las rosas.
En una de ellas estaba
prendida su vida toda;
el piquito, entre su seno,
en una caricia loca,
como ebrio de sus mieles,
como ebrio de su aroma...
¡Muerto estaba! Y las pupilas
diríase que, llorosas,
miraban, como implorando,
hacia la estrella remota...
Sentí una emoción tan dulce,
sentí una emoción tan honda...
¡Creí que murió besando
los labios de aquella rosa!

13 de mayo de 1924

autógrafo

Emeterio Gutiérrez Albelo


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"La Comarca", núm. 214 (13 mayo 1924)
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Tomado de La ciudad del drago. Vida y obra de Emeterio Gutiérrez Albelo