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        LOS DÍAS INÚTILES

Sobre el dormido lago está el saúz que llora.
Es el mismo paisaje de mortecina luz.
Un hilo imperceptible ata la vieja hora
con la hora presente... Un lago y un saúz.

¿Con qué llené la ausencia? Demente peregrino
de extraños plenilunios, vi la vida correr...
¿La sangre? De las zarzas. ¿El polvo? Del camino.
Pero yo soy el mismo, soy el mismo de ayer.

Y mientras reconstruyo todo el pasado, y pienso
en los instantes frívolos de mi divagación,
se me va despertando como un afán inmenso
de sollozar a solas y de pedir perdón.



Enrique González Martínez


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