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        EL POETA Y SU SOMBRA

Ayer, en pleno campo, mientras sonaba un río
invisible y remoto, de agitada corriente,
miré mi propia sombra, alargada al oriente
por el ocaso en llamas... Y sentí que era mío
el paisaje, y la sombra era sólo un presente
inútil que otorgaba la magia del estío.
Porque una vez —¡oh tiempo por fortuna distante!—
contemplé que mi sombra crecía poco a poco
en la llanura inmensa, y mi vista anhelante
buscó mi propio cuerpo y el encendido foco
proyector de la sombra, y en desconcierto loco,
hallé que nada había sino mi sombra errante.
Alguien perdió una vez su sombra... Mas ¿qué importa
andar de noche y día bajo luz sin reflejo?
Lo que importa es vivir con vida larga o corta,
y bañarse de sol, y mirarse al espejo
del mar verde y magnánimo que hace siglos soporta
el vaivén de los hombres, y amar la tierra, absorta
en el dolor de un mundo entristecido y viejo...
Tener del bosque el canto, de la lluvia el bautismo,
y que en el alma todo tenga un eco profundo,
y saber que son nuestras las lágrimas del mundo,
y ya con la perfecta posesión de uno mismo
y al soplo huracanado de un aliento fecundo,
lanzar el corazón de un abismo a otro abismo...

¡Róbame, oh sol, la sombra cuando estés en la altura!
¡Que se esfume a mis plantas como silfo pequeño
que disuelven las brisas!... Y dame la ventura
de sentirme inundado de claridad, y dueño
de la olímpica llama que en tu seno fulgura,
mientras llega la noche, y su clámide oscura
me hace sombra en la sombra y eterniza mi sueño!



Enrique González Martínez


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