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        TRADUCCIÓN DE EUGÉNIO DE CASTRO

        EL PEREGRINO

A JUAN M. ABELLÓ

En el poniente
el esplendor del sol se diluía,
y mi caballero, en un vetusto puente,
meditaba y decía:

—«Judith, Ana y Arminda,
y Lidia, de labios sensuales,
Inés, la rubia linda,
todas fueron iguales!

»Soñadas alegrías
ya sois cual secas rosas!
Ay! Y en vano mis días, tristes días,
quisieran ser doradas mariposas...

»Cansáronme los besos, y el hastío
a mi lado ya veo.
Del desencanto invade mi corazón el frío,
y no he saciado nunca la sed de mi deseo.

»El alma traigo envuelta en una túnica
que ha tejido el Cansancio en horas tristes
¿En dónde estás, si existes?
¿En dónde estás, oh única?

»¡Responde al que te ama!
¡Debo olvidarte como bien perdido!
Responde al que en las sombras a ti clama;
¿Vives, moriste acaso... o no has nacido?

»Y no cruza ninguna mi camino,
Princesa rubia o bella
Zagala, sin que diga a mi destino:
¿será ella?

»Una niña vi un día
junto a una anciana de cabello cano,
y me dije: ¿Cuál de ellas es la mía?
¿Llegué tarde tal ves?... ¿Llegué temprano?

»Busco el jardín soñado
de sus encantos a la luz se abrieron,
y la llamo... ¡y tal vez pasó a mi lado,
y llorosos mis ojos no la vieron!

»Cuando creo que nunca he de encontrarte,
cómo sufro al pensar, oh dulce amada,
¡que quizá vives, sola y desgraciada,
y que no puedo ir a consolarte!

»Murió la Primavera; también pasó el Estío
y viene ya el Otoño las hojas arrancando,
y mientras en tu busca voy llorando,
me esperarás llorando, dueño mío.

»Y prosigo buscándote rendido,
aunque una voz en medio de las sombras
irónica me diga: la que nombras
ni vendrá... ni está muerta... ni ha nacido!»

Al extremo del puente, airosa dama
surge, suelta la rubia cabellera,
y su voz en el viento, pálida rosa, clama:
«Yo soy la que aguardabas. Ven, que mi amor
te espera».

El caballero parte...
                              Traicionero
Abismo era ese puente;
y al instante rodaron al torrente
caballo y caballero

Hervía un mar de sangre en el poniente
mientras de sangre el agua se teñía,
y allá, al extremo del hundido puente,
la dama reía... reía... reía.



Ismael Enrique Arciniegas


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