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        SONETO XLIX
      A SAN ISIDRO

Los campos de Madrid, Isidro santo,
donde estamparon ángeles las huellas,
sembrando vi de soles y de estrellas,
que alegres se inclinaron a su llanto.

Sus oraciones le encumbraron tanto,
que en éxtasis de amor brotó centellas,
y pudo la menor de todas ellas
ser del infierno confusión y espanto.

Al fin Isidro para el cielo oraba,
cuando araban los ángeles el suelo,
dando a su fe constante tal tributo.

Y tan perfecto Labrador estaba,
que vestido de luz cogió en el cielo,
sembrando aquí sus lágrimas el fruto.



Francisco de Medrano


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