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        SESTINAS

Sol, si a do quier que vas llevas el día,
Y al descubrir de un tu dorado rayo,
A tu primer lugar huye la noche;
Y aun abres, do huyó, mil otros ojos:
Que rompiendo su ciega espesa niebla,
Dan luz más agradable a amorosa alma.

Ay como, o claro sol, como mi alma,
Cuando más tu esplendor reina en el día,
Yace cubierta de profunda niebla;
Ni de tu viva lumbre el puro rayo,
(A lo menos una hora) estos mis ojos
Libra de su enemiga oscura noche.

Triste, sí, yo me vi, cuando la noche
No hallaba lugar dentro en mi alma:
Ni pudiera jamás privar mis ojos
De su dulce, suave, alegre día:
¡Escuridad de tenebrosa niebla!
¿Quién ahora anubló mi claro rayo?

Ay Dios, que no anubló solo mi rayo
La mano cual se fue: antes en noche
Eterna el corazón cubrió de niebla;
Y así en torno cercó de ella mi alma;
Que no podrá llegar luz de algun día
A mis mezquinos lagrimosos ojos.

Al corazón pasando por los ojos
Un sutil, claro, dulce, ardiente rayo
En la dulzura de él cuajado: ¡ay día
Escuro para mí más que la noche!
A poco a poco corrompiendo el alma.
Volvió su propia claridad en niebla.

O si envidiase el cielo aquella niebla,
Que al fin del todo ha de cegar mis ojos,
Y abrir los inmortales de mi alma:
Porque ella vuelta al vivo eterno rayo,
Sin temer sol turbado, o negra noche,
Mirase amenazar sereno el día.

Hasta aquel día dichoso, eterna niebla
Cualquiera hora hará noche mis ojos:
Ni verná luz de ajeno rayo al alma.



Francisco de Figueroa


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