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        CANCIÓN I

ARGUMENTO.

Estaban ciertos amigos en Roma esperando con mucho deseo y risa que llegase una ballesta de Lisboa; por la cual había enviado uno de ellos. Vino, y fue tan mala, que todos le dieron mil apodos, significando su antigüedad, y entre ellos fueron los de esta canción.

El hermoso pastor, que las tres Diosas
Vio desnudas en Ida
De su belleza combatir la gloria;
Y aunque por un igual eran hermosas,
Dio a Venus la victoria
Por la dama ofrecida;
En su rústica vida
Con este arco cazaba de las fieras
Del monte las más bravas y ligeras.

Después que fue en mal punto conocido
Por hijo, y acetado
De Priámo, y mudó paños y oficio,
Por memoria del tiempo en que se vido
En tan bajo ejercicio,
Tuvo este arco guardado:
Y cuando por mal hado
Fue a Grecia, do robó la esposa ajena:
Claro ejemplo del mal, que amor ordena:

Y vinieron con fuerte armada mano
Mil naos, en compañía
Del ofendido, a procurar venganza:
Y el fiero Aquiles en el gran Troyano
Ensangrentó su lanza;
Y cuando él más ardía,
Con niebla eterna y fría
Cubrió sus ojos la saeta airada:
De este arco y de esta cuerda fue tirada.

Después cuando por fuerza, o por engaño,
(Aunque fue luengamente
Defendida) cayó Troya, y con ella
El real ceptro; y el dorado escaño,
Y cualquier cosa, bella
Fue presa de la gente,
Repartiendo el despojo, cupo en suerte
Al elocuente hijo de Laerte.

Este tornando hacia la patria cara,
Que el Itacense mora,
Perdido por el mar furioso anduvo
Tanto, que apenas fue Troya tan cara,
Ni tanto le detuvo:
Un día con la aurora
Salió, do el Tajo dora
El Océano; y hizo que hoy se vea
Una Ciudad por él dicha Ulisea.

En ella entre otras cosas con que ornaron
El arte y la natura
Al famoso lugar, consagró un templo
A Marte vencedor, donde colgaron
Por memoria y ejemplo
En la mayor altura
Este arco; y fue ventura
No haberse perdido en el camino,
Pues el desnudo a los Feaces vino.

El domador de monstruos fuerte y fiero
Estas flechas usaba,
Y Hilas las guardaba:
Con estas castigó bien al ligero
Centauro; mas no sé donde salieron,
Que de improviso en Roma parecieron.



Francisco de Figueroa


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