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CANCIÓN EN ALABANZA DE LA DIVINA MAJESTAD POR LA VICTORIA DEL SEÑOR DON JUAN

Cantemos al Señor, que en la llanura
venció del mar al enemigo fiero.
Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
salud y gloria nuestra.
Tú rompiste las fuerzas y la dura
frente de Faraón, feroz guerrero;
sus escogidos príncipes cubrieron
los abissos del mar, y decendieron
cual piedra en el profundo, y tu ira luego
los tragó, como arista seca el fuego.

El soberbio tirano, confiado
en el grande aparato de sus naves,
que de los nuestros la cerviz cativa,
y las manos aviva
al ministerio de su duro estado,
derribó con los brazos suyos graves,
los cedros más ecelsos de la cima
y el árbol que más yerto se sublima,
bebiendo agenas aguas y pisando
el más cerrado y apartado bando.

Temblaron los pequeños, confundidos
del impio furor suyo; alzó la frente
contra ti, Señor Dios, y enfurecido
ya contra ti se vido,
con los armados brazos estendidos,
el arrogante cuello del potente.
Cercó su corazón de ardiente saña
contra las dos Hesperias, que el mar baña,
porque en ti confiadas le resisten,
y de armas de tu fe y amor se visten.

Dijo aquel, insolente y desdeñoso:
«¿No conocen mis iras estas tierras
y de mis padres los ilustres hechos?
¿O valieron sus pechos
contra ellos con el  húngaro dudoso
y de Dalmacia y Rodas en las guerras?
¿Pudo su Dios librallos de sus manos?
¿Que Dios salvó a los de Austria y los germanos?
¿Por ventura podrá su Dios ahora
guardallos de mi diestra vencedora?

»Su Roma, temerosa y humillada,
sus canciones en lágrimas convierte.
Ella y sus hijos mi furor esperan
cuando, vencidos, mueran.
Francia está con discordia quebrantada,
y en España amenaza horrible muerte
quien honra de la luna las banderas.
Y aquellas gentes, en la guerra fieras,
ocupadas están en su defensa,
y aunque no, ¿quién podrá hacerme ofensa?

»Los poderosos pueblos me obedecen,
y con su daño el yugo han consentido,
y me dan, por salvarse, ya la mano.
Y su valor es vano,
que sus luces, muriendo, se escurecen.
Sus fuertes en batalla han perecido,
sus vírgenes están en cativerio,
su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.
Del Nilo a Eufrátes y al Danubio frío,
quanto el sol alto mira, todo es mío».

Tú, Señor, que no sufres que tu gloria
usurpe quien confía en su grandeza,
prevaleciendo en vanidad y en ira,
a este soberbio mira,
que tus templos afea en su vitoria,
y tus hijos oprime con dureza,
y en sus cuerpos las fieras bravas ceba,
y en su esparcida sangre el odio prueba;
y, hecho ya su oprobio, dice: «¿Dónde
el Dios d'estos está? ¿De quién se esconde?»

Por la gloria debida de tu nombre,
por la venganza de tu muerta gente,
y de los presos por aquel gemido,
vuelve el brazo tendido
contra aquel que aborrece ya ser hombre,
y las honras que a ti se dan consiente,
y tres y cuatro veces su castigo
dobla con fortaleza al enemigo,
y la injuria a tu nombre cometida
sea el duro cuchillo de su vida.

Levantó la cabeza el poderoso
que tanto odio te tiene, en nuestro estrago;
juntó el consilio, y contra nos pensaron
los que en él se hallaron.
«¡Venid! —dixeron— y en el mar undoso
hagamos de su sangre un grande lago.
Deshagamos a estos de la gente,
y el nombre de su Cristo juntamente.
Y, dividiendo d'ellos los despojos,
hártense en muerte suya nuestros ojos».

Vinieron de Asia y de la antigua Egito
los árabes y fieros africanos,
y los que Grecia junta mal con ellos,
con levantados cuellos,
con gran potencia y número infinito,
y prometieron con sus duras manos
encender nuestros fines y dar muerte
con hierro a nuestra juventud más fuerte,
nuestros niños prender y las doncellas,
y la gloria ofender y la luz d'ellas.

Ocuparon del mar los largos senos,
en silencio y temor puesta la tierra,
y nuestros fuertes súbito cesaron
y medrosos callaron,
hasta que a los feroces agarenos,
el Señor eligiendo nueva guerra,
se opuso el joven de Austria valeroso
con el claro español y belicoso;
que Dios no sufre en Babilonia viva
su querida Sión siempre cativa.

Qual león a la presa apercibido,
esperaban los impios confiados
a los que tú, Señor, eras escudo,
que el corazón desnudo
de temor, y de fe todo vestido,
de tu espíritu estaban confortados.
Sus manos a la guerra compusiste
y a sus brazos fortísimos pusiste
como el arco acerado, y con la espada
mostraste en su favor la diestra armada.

Turbáronse los grandes, los robustos
rindiéronse temblando y desmayaron,
y tú pusiste, Dios, como la rueda,
como la arista queda
al ímpetu del viento, a estos injustos,
que, mil huyendo de uno, se pasmaron.
Cual fuego abrasa selvas y cual llama
que en las espesas cumbres se derrama,
tal en tu ira y tempestad seguiste
y su faz de inominia confundiste.

Quebrantaste al dragón fiero, cortando
las alas de su cuerpo temerosas
y sus brazos terribles no vencidos,
que con hondos gemidos
se retira a su cueva, silbos dando,
y tiembla con sus sierpes venenosas,
lleno de miedo torpe sus entrañas,
de tu león temiendo las hazañas;
que, saliendo de España, dio un rugido
que con espanto lo dejó aturdido.

Hoy los ojos se vieron humillados
del sublime varón y su grandeza,
y tú solo, Señor, fuiste exaltado:
que tu día es llegado,
Señor de los ejércitos armados,
sobre la alta cerviz y su dureza,
sobre derechos cedros y extendidos,
sobre empinados montes y crecidos,
sobre torres y muros y las naves
de Tiro, que a los tuyos fueron graves.

Babilonia y Egito, amedrentada,
del fuego y asta temblará sangrienta,
y el humo subirá a la luz del cielo,
y, faltos de consuelo,
con rostro oscuro y soledad turbada
tus enemigos llorarán su afrenta.
Y tú, Grecia, concorde a la esperanza
de Egito, y gloria de su confianza
triste, que a ella pareces, no temiendo
a Dios, y en tu remedio no atendiendo,

¿por qué, ingrata, tus hijas adornaste
en adulterio con tan impia gente
que deseaba profanar tus frutos,
y con ojos enjutos
sus odiosos pasos imitaste,
su aborrecible vida y mal presente?;
por eso Dios se vengará en tu muerte,
que llega a tu cerviz su diestra fuerte
la aguda espada. ¿quién será que pueda
tener su mano poderosa queda?

Mas tú, fuerza del mar, tú, ecelsa Tiro,
que en tus naves estabas glorïosa,
y el término espantavas de la tierra,
y, si hacías guerra,
de temor la cubrías con suspiro,
¿cómo acabaste fiera y orgullosa?
¿quién pensó a tu cabeza daño tanto?
Dios, para convertir tu gloria en llanto
y derribar tus ínclitos y fuertes
te hizo perecer con tantas muertes.

Llorad, naves del mar, que es destruida
toda vuestra soberbia y fortaleza.
¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,
tú, que sigues la Luna,
Asia adúltera, en vicios sumergida?
¿Quién mostrará por ti alguna tristeza?
¿Quién rogará por ti? Que Dios entiende
tu ira, y la soberbia que te ofende;
y tus antiguas culpas y mudanza
han vuelto contra ti a pedir venganza.

Los que vieren tus brazos quebrantados,
y de tus pinos ir el mar desnudo
que sus ondas turbaron y llanura,
viendo tu muerte oscura,
dirán, de tus estragos espantados:
«¿Quién contra la espantosa tanto pudo?»
El Señor, que mostró su fuerte mano,
por la fe de su príncipe cristiano
y por el nombre santo de su gloria,
a España le concede esta vitoria.

Bendita, Señor, sea tu grandeza,
que después de los daños padecidos,
después de nuestras culpas y castigo,
rompiste al enemigo
de la antigua soberbia la dureza.
Adórente, Señor, tus escogidos.
Confiese, cuanto cerca el ancho cielo,
tu nombre, ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!,
y la cerviz rebelde, condenada,
padesca en bravas llamas abrasada.

A ti solo la gloria
por siglos de los siglos, a ti damos
la honra, y humillados te adoramos.

autógrafo

Fernando de Herrera


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