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    POEMA 5

He avanzado por túneles de niebla, he avanzado
hacia ese antiguo mar
que nunca se da como misterio redentor.
Hasta mí llega la irrisión de la plebe.
Yo sé lo que me espera: el INRI en la cruz.
Y nadie me hace caso. Los mártires sobran,
son impertinentes
ante ese colectivo que no abraza más
al indefenso.
Tú me aseguras: es un delito interpretar,
resbalar sobre la misma superficie siempre
sin lograr el milagro del Cristo.
Me encuentro con un rótulo imperialista: «No trespassing».
El coquí, sobre la hierba,
no necesita alojo en el minuto. Le basta la humedad
del cielo
derramada sobre él, le basta la conjunción del astro
que lo halaga con su rielo secreto
en la plena, gustosa ebriedad de la lluvia.
Hasta aquí llega la impiedad del paria,
del que imita payasos y ha plagiado
el oro de los asesinos.
El cielo es áspero, camarada. Es pavesa no más.
Si se considera que debemos aguardar
lo meditativo de aquella semilla
que murió
para que yo naciera en ti.
¿Pero yo soy Jacob? ¿Y peleo con el Ángel
hasta la escurridiza alba interior,
hasta pedir el nombre, o la piedra blanca
con nombre
al que evade mi silencio de siglos?
Porque el signo no debe dilapidarse. Es un acervo
soledoso, es una compañía que se merece
la emoción del reconocimiento
en una isla apagada por el mar.
Las cosas...
El vientre de la mujer...
¿Qué voy a hacer con el hecho, con el praxista
desconsiderado
que no cree en mí?
Alguien desea ardientemente acortarme las alas,
seccionarme en el objeto desnudo,
volcarme en la refriega del que empieza siempre
a no interpretar...
No es tan válido el útil que me ofreces
a cambio del suicidio de los astros.
No insistas, camarada,
yo no debo callar ante la madrépora gigante
cubierta de algas. No debo callar ante los corales primigenios
que conocí cuando era niño,
no debo callar...

Francisco Matos Paoli


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