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        PLAZA DE LA VILLA PORTEÑA

Recuerdo como en sueños la plaza tan tranquila,
la plaza de la villa, callada, provincial,
donde a la prima noche desgranaba la esquila
ya casi entre dos luces, su ruego emocional.

Jugábamos los chicos junto a la vieja pila,
y si alguno contaba de muertos el final,
nos mirábamos todos con medrosa pupila
a la luz del anémico farol municipal.

De pronto aullada lúgubre la herrumbrosa ventana
del cabildo; en la torre doblaba la campana,
y un piano de manubrio tocaba el mismo vals.

Mientras, como alma en pena del crepúsculo muerto,
silbaba allá en los muelles desolados del puerto
la sirena de un barco que se hacía a la mar.

Gregorio Castañeda Aragón


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