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Ojos, rayos del sol, luces del cielo,
que con un volver manso y piadoso,
en el trance más fuerte y peligroso
me solías de dar mayor consuelo,

¿qué ceño tan cruel, que oscuro velo
es el que mostráis tan temeroso?
¿Qué es del blando mirar, grave, amoroso,
que apartaba de mí cualquier recelo?

¿Qué es esto? ¿No sois vos aquellos ojos
que me suelen valer y asegurarme?
¿No me habéis dado vos mil desengaños?

Pues, ojos, ocasión de mi enojos,
¿por qué agora miráis para matarme?
¿Cabe en tanta beldad tales engaños?



Gutierre de Cetina


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