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        A ÉL

Era la edad lisonjera
En que es un sueño la vida:
Era la aurora hechicera
De mi juventud florida,
En su sonrisa primera.

Cuando contenta vagaba
Por el campo silenciosa,
Y en escuchar me gozaba
La tórtola que entonaba
Su querella lastimosa.

Melancólico fulgor
Blanca luna repartía,
Y el aura leve mecía
Con soplo murmurador
La tierna flor que se abría.

¡Y yo gozaba! El rocío,
Nocturno llanto del cielo,
El bosque espeso y umbrío,
La dulce quietud del suelo,
El manso correr del río.

Y de la luna el albor,
Y el aura que murmuraba
Acariciando a la flor,
Y el pájaro que cantaba...
¡Todo me hablaba de amor!

Y trémula, palpitante,
En mi delirio extasiada,
Miré una visión brillante,
Como el aire perfumada,
Como las nubes flotante.

Ante mí resplandecía
Como un astro brillador
Y mi loca fantasía
Al fantasma seductor
Tributaba idolatría.

Escuchar pensé su acento
En el canto de las aves:
Eran las auras su aliento
Cargadas de aromas suaves,
Y su estancia el firmamento.

¿Qué ser divino era aquél?
¿Era un Ángel o era un hombre?
¿Era un Dios o era Luzbel...?
¿Mi visión no tiene nombre?
¡Ah! nombre tiene... ¡Era Él!

            * * *

El alma guardaba tu imagen divina
Y en ella reinabas ignoto señor,
Que instinto secreto tal vez ilumina
La vida futura que espera el amor.

Al Sol que en el cielo de Cuba destella,
Del trópico ardiente brillante fanal,
Tus ojos eclipsan, tu frente descuella
Cual se alza en la selva la palma real.

Del genio la aureola, radiante, sublime,
Ciñendo contemplo tu pálida sien,
Y al verte , mi pecho palpita , y se oprime,
Dudando si formas mi mal o mi bien.

Que tú eres no hay duda mi sueño adorado,
El ser que vagando mi mente buscó,
Mas ¡ay! que mil veces el hombre, arrastrado
Por fuerza enemiga, su mal anheló.

            * * *

    Así vi a la mariposa
Inocente, fascinada,
En torno a la luz amada
Revolotear con placer.
    Insensata se aproxima
Y le acaricia insensata,
Hasta que la luz ingrata
Devora su frágil ser.

            * * *

    Y es fama que allá en los bosques
Que adornan mi patria ardiente,
Nace y crece una serpiente
De prodigioso poder.
    Que exhala en torno su aliento
Y la ardilla palpitante,
Fascinada, delirante,
¡Corre!... ¡y corre a perecer!

            * * *

¿Hay una mano de bronce,
Fuerza, poder, o destino.
Que nos impele al camino
Que a nuestra tumba trazó?...

¿Dónde van, dónde, esas nubes
Por el viento compelidas?...
¿Dónde esas hojas perdidas
Que del árbol arrancó?...

¡Vuelan, vuelan resignadas,
Y no saben donde van!
Pero siguen el camino
Que les traza el huracán.

Vuelan, vuelan en sus alas
Nubes y hojas a la par,
Ya a los cielos las levante
Ya las sumerja en el mar.

¡Pobres nubes! ¡pobres hojas
Que no saben donde van!...
Pero siguen el camino
Que les traza el huracán.

1840

autógrafo

Gertrudis Gómez de Avellaneda


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