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        DIOS Y EL HOMBRE

¡Mirad al hombre! Del tupido velo
Que a la naturaleza envuelve inmensa,
Levanta apenas, con incierta mano,
Un extremo no más, ya iluso piensa
Que toda la amplitud de tierra y cielo
Estrecha viene a su saber, y ufano
Erige audaz a su razón mezquina
                        Tribunal soberano,
Citando ante él a la razón divina.

—«¿Quién eres?»—Dice a Dios—«¿Cuál es tu esencia?
¿Por qué naturaleza no la explica?
Sus leyes estudió mi inteligencia,
Y en ellas nada de tu ser me indica
                        La inefable sustancia,
Ni de tu decantada providencia
Los designios profundos. ¿La ignorancia
Será quien deba tributarte culto,
Y al genio siempre y a la ciencia oculto,
                        Dejarás en problema
Ante sus luces tu verdad suprema?

»Origen te proclaman
Del orden y del bien, y cuanto veo
Es desorden y mal. Justo te llaman,
Y me consume estéril el deseo
De comprender de tu justicia oscura
                        La marcha silenciosa.
En balde por tu gloria te conjura
                        Mi mente, codiciosa
De la eterna verdad, que tus arcanos
                        Le descubras sublimes:
Sordo te encuentran mis clamores vanos,
Y ni en las obras de tu diestra, mudas,
El sello augusto de tu nombre imprimes;
Cual si gozases en mirar las dudas
Luchar del hombre en el inquieto seno,
¡Tú, que te llamas poderoso y bueno!

»No más, no más en ignorancia ciega
                        Adoraré rendido
                        A un Dios desconocido,
Que a concordar con mi razón se niega.
                        Si no eres vano nombre
Haz que yo sepa, sin tardar, quién eres;
Pues nace altivo, inteligente el hombre,
Y si su amor y su homenaje quieres
Debes hacer que su razón lo mande,
Al verte amable, al comprenderte grande».—

                        Así al saber supremo
Dicta leyes su hechura limitada,
Y de bondad por inefable extremo,
Para curarla de su orgullo infando,
Asi confunde ál a razón osada,
Allá en su propio seno resonando,
Aquella voz que fecundó a la nada.

                        —«Tú, que cuenta me pides
De nns hondos designios; tú que dudas,
                        Si a tu razón se esconde,
De mi propia existencia; tú que mides
Mi justicia eternal, y en mis dominios
Juzgas del orden y del bien: ¡responde!
Tus sabios, tus astrónomos profundos,
¿Podrán decir cómo hago inalterable
La eterna ley, que de infinitos mundos
Que corren el espacio inmensurable.
El movimiento y curso determina,
Sin que choquen jamás en rudo encuentro,
Y por qué los fecunda e ilumina
Encadenado un sol en cada centro?»

¡Loco mortal, a quien hinchado miro
Del prestado poder que de mí tienes!
¿Puedes del Orión turbar el giro,
O a las brillantes pléyadas detienes?
¿Puedes, siquiera, conocer la tierra
Que desdeñoso huellas? ¿Quién su base
Describirte sabrá? ¿Quién hay que tase
                        Los tesoros que encierra?...
Un imperio tras otro desparece,
                        Y mil generaciones
Pasan por ella y en su seno se hunden;
Ella sola no cambia ni envejece,
                        Y sus preciosos dones
Con orden inmutable se difunden
                        Por las varias regiones
Que fertiliza el sol. Aquí presenta
Prados herbosos, selvas primitivas;
Allá el capricho de su fuerza ostenta
                        En colinas altivas,
Que decora con rasgos pintorescos;
¡Allá borda de valles las honduras;
Mas acá ofrece los asilos frescos
                        De grutas silenciosas;
Ora se estiende en plácidas llanuras;
Ora se ensancha en playas arenosas;
Allí se muestra en sotos y florestas;
                        Acá en bosques umbríos;
Y allá, ostentando sus potentes bríos,
Encumbra montes de nevadas crestas.

                        ¿Qué paternal desvelo,
                        Qué sabia providencia,
                        Con tal magnificencia
Dotó al grosero y despreciado suelo
                        De ese globo que habitas?
¿Quién lo sembró de vírgenes metales?
¿Quién lo cubrió de especies infinitas,
                        De útiles vegetales
Apropiados a climas diferentes?
¡Mira mecer las palmas y las cañas
Las brisas de los trópicos ardientes;
Mientras en selvas y ásperas montañas,
Resistiendo al tesón de vientos fieros.
Negros abetos, pinos seculares,
                        Se levantan austeros
Bajo los crudos círculos polares!

¿Quién te dirá cómo del hondo seno
                        Que mi espíritu henchía,
                        Brotó con voz de trueno
                        La mar amenazante,
Y cómo Yo de nieblas la cubría
Cual envuelve la madre al tierno infante?
Alzó arrogante la espumosa frente
Robando al sol fulgentes aureolas;
                        ¿Mas quién se halló presente
Cuando le dije: —«tu soberbia enfrena,
Y a romper ve tus atronantes olas
En aquel dique de movible arena?

»¿Sabes por qué vapores incesantes,
Que recoge la atmósfera encendida,
De ese su seno líquido se exhalan,
                        Y en las nubes flotantes
La masa de las aguas suspendida,
Solo desciende al suelo gota a gota
En bienhechora lluvia convertida;
Mientras de las altísimas montañas
Se precipita en rápidos torrentes,
Penetra de la tierra las entrañas,
Y formando con linfas trasparentes
Arroyos mil y ríos caudalosos,
Recorre murmurando el campo verde,
                        Con giros tortuosos,
Hasta volver al mar en que se pierde?

»¡Juez de mi providencia, que me intimas
Su imperfección y que mi plan corriges!
                        ¿Eres tú quien diriges
Según conviene a los diversos climas,
                        Los vientos voladores,
Y a disipar mefíticos vapores
Lanzas al rayo, que estallando dice,
                        Con su hórrido estampido:
— ¡Gloria, Señor, ya estás obedecido?—
                        ¿Coronada de flores
Sale a tu voz la primavera hermosa
A preparar la tierra, que reposa,
Del abrasado estío a los ardores?
¿O acata, acaso, tu poder visible
                        El invierno aterido,
                        Haciendo le preceda
                        Con orden infalible
El otoño de pámpanos ceñido?

                        »¿A las linfas saladas
Y a las ondas insípidas del río,
Lanzaste las especies animadas
Con variedad que pasma al pensamiento,
Y a cada cual con diligente mano
                        Preparaste sustento?...
¿Por ti de aceite saludable llena
Se agita entre el herbor del oceano
                        La colosal ballena?
¡Mira cual brota de sus ojos llamas
Si la distancia de la presa mide!
¡Mira, si airada lienza las escamas,
Montes alzar en el ecuóreo llano,
Y si con lento paso lo divide
Darle de la vejez el color cano!

                        »Por las libres regiones
                        Del aire que respiras,
¿Esparces con tu diestra creadora
                        Las volubles legiones
De tantas aves que indolente miras?
¿Les concediste tú la voz canora?
                        ¿Te deben los instintos
Porque se multiplican y alimentan,
Y los colores vívidos que ostentan
                        En matices distintos
Sobre el esmalte de sus leves plumas;
                        O es tu saber quien guía
A las que al ver las invernales brumas
Dejan del norte la región sombría,
Y atraviesan el mar tras los ardores
Del refulgente sol del mediodía?
¡Mira cómo desprecia los furores
                        Del caprichoso viento
El águila real, las soledades
Surca del Éter, en sublime asiento
                        Para el vuelo atrevido,
Y entre nubes que envuelven tempestades
                        Labra el robusto nido,
                        De la desierta roca
En las ásperas puntas suspendido;
Mientras el avestruz, de pluma poca,
Que nunca se alza a la región vacía,
Por otro instinto poderoso y cierto,
                        Su cara prole fía
A la infecunda arena del desierto!

                        »Un momento contempla
De los brutos la inmensa muchedumbre
En ninguno verás que falte o sobre
                        Un miembro necesario.
Estos de imponderable mansedumbre;
Aquellos de carácter sanguinario;
Tímidos unos, otros atrevidos,
Pesados unos, otros diligentes,
Todos están armados y vestidos
Cual requieren sus usos diferentes,
El destino especial que les señalo,
Y el clima y el lugar do los instalo.
No por tus artes enseñado ha sido
                        El castor industrioso;
                        Ni el corcel generoso,
                        Que sufre lo domines,
Te debe aquel valor con que al sonido
                        De la trompa guerrera,
                        Sacudiendo las crines,
                        La nariz dilatando,
Se lanza al campo en rápida carrera,
De espuma y de sudor huellas dejando.

                        »Cuanto tu vista admira
Y cuanto puede concebir tu idea,
                        Es átomo mezquino
Del universo en el grandioso seno;
Mas tú ¡mortal! que de mi ser divino
Inquirir osas, de arrogancia lleno,
Secretos inefables, confundida
Verás por las partículas más leves
                        Tu razón desvalida,
Si a analizar ese átomo te atreves!
De la naturaleza, que presumes
Iluso conocer, al ser más pobre
Comprender y explicar quieres en vano:
Esa flor que te brinda sus perfumes,
Ese mosquito que aplastó tu dedo,
Ese que huellas, mísero gusano,
¡Misterios son en que abismarte puedo!
                        ¿Y no eres un abismo,
¡Oh átomo pensador! para ti mismo?
Naturaleza doble en ti se encierra;
De un rayo de mi mente iluminado
                        Eres rey de la tierra,
Y de esa tierra mísera formado.

                        »Materia deleznable
                        Y espíritu soberbio,
Grande y pequeño, fuerte y miserable,
                        Suspenso entre la nada
                        Estás y el infinito,
Y en tu razón, tan pobre y limitada,
Llevas augusto privilegio escrito.
Trémulo ante tan grandes maravillas,
Que entrever logra tu asombrada mente,
Dobla ¡mortal! sumiso las rodillas
                        Prosternando la frente,
                        Y acatando rendido
De mi sapiencia el insondable arcano:
                        Mas no alces atrevido
Hasta mi trono el pensamiento insano;
                        Que aunque el astro de fuego
Su luz te envía en rayos bienhechores,
Si le osas contemplar quedarás ciego.
Sombras no más hallando en sus fulgores.

»En tu alma de mi ser grabé la idea,
Y rindiendo a su autor digno homenaje,
                        Naturaleza emplea
Universal, magnífico lenguaje.
De un polo al otro en sus miserias claman
Los hombres a su Dios. La tierra, el cielo,
                        Las noches y los días,
Mi poder y bondad do quier proclaman,
Y mi nombre preludian en el suelo
                        Multitud de armonías,
Que ofuscan, sí, de tu razón el brillo
                        Y confunden tu ciencia;
Mas para el corazon tienen sencillo
                        Poderosa elocuencia.

»Es mi nombre  ¡El que Es! —Que confundido
Ante el misterio de tan alto nombre,
Entre esas obras de mi augusta diestra
El humano saber calle y se asombre;
Pues su ciencia mayor alcanza y muestra
Al conocer su pequeñez el hombre!»

Enero de 1842

autógrafo

Gertrudis Gómez de Avellaneda


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